¿Qué debo hacer para ser Salvo?

“… sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido. Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí. El entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” (Hechos 16:26-29)

El relato bíblico nos habla de un gran terremoto, de una gran conmoción al punto que los cimientos de la cárcel se sacudían. Me imagino todo aquel polvo y el chirrido de las puertas de metal que cedían a la fuerza de aquel fenómeno fiero que sin pedir permiso, las abría y hacía volar con violencia las pesadas cadenas que la sujetaban. Con todo, las palabras del carcelero, su espanto y sacudimiento no provenían del horror aquel sismo, ni tampoco por las consecuencias que le sobrevendrían si los presos escapaban bajo su responsabilidad. Nota que su pregunta no fue hecha en una actitud de averiguar solamente, como alguien que quiere informarse de un asunto por mera curiosidad, sino más bien fue el grito desesperado de un alma, que impactada por el poder de Dios, clamó por ayuda, rogó por una solución, porque entendió que necesitaba un Salvador.
Cuando una persona ha sido tocada por Dios, y siente el maravilloso impulso de buscarle y reconocerle, sale este gemir genuino de su corazón: «¿Qué debo hacer para ser salvo?». Los hombres, en su ánimo de formalizar las cosas de Dios, y de no hacerlas livianas, han ideado métodos y formas para responder a esta pregunta. Algunos, dicen al alma desesperada: «Arregla tu vida primero y luego ven al Señor»; otros dictaminan: «Después de que hagas tal sacrificio podrás acercarte a Dios para ser salvo»; también hay quienes dicen: «Tienes que congregarte y bautizarte en esta iglesia». Incluso, algunos han ideado difíciles métodos, establecido pasos, detallados estudios e instrucciones para mostrarte solo el camino. Pero los apóstoles le respondieron, sencillamente: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa” (Hechos 16:31). Esta frase tan corta y tan simple resume la obra más portentosa que el ser humano pueda recibir: pasar de muerte a vida; de estar muy lejos a estar cerca; de ser enemigo a ser amigo; de no ser a ser.
La salvación es el milagro más poderoso que se obra en una persona. Pero, a pesar de la magnitud de este acto, Dios no lo complica, ni lo pone como un proceso sufrido, y complicado, que requiere algo de nosotros, pues sabe que para nosotros es imposible. ¿Podrá un muerto volver a la vida, o alguien no concebido podrá nacer? De hecho, la fe es un don de Dios que nos trae a la vida. En este momento, sé que te preguntarás: ¿Creer en qué? Bueno, no es en qué, sino en quién. El apóstol también se lo declaró: Creer en el Señor Jesucristo. Jesucristo es el objeto de fe que nos salva. La fe en sí misma no salva, sino el objeto de mi fe es la que me salva: Jesucristo, el Hijo de Dios.
Alguien dirá: «Pero, ¿quién fue Jesucristo? ¿Por qué debo creer en él? ¿Por qué no dirigirme simplemente a Dios?», la respuesta a estas interrogantes es una sola: Dios ha determinado para los hombres un solo camino de salvación, y ese camino no está fundamentado en obras ni en métodos, sino en una persona que se llama Jesús. Creer en el Señor Jesucristo va más allá de saber que Dios existe, es confiar y aceptar, no solo su existencia, sino su Palabra y someterme a ella. El hombre, imposibilitado como este carcelero para salvarse, sumido en las tinieblas del pecado, es rescatado mediante la fe en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Ese es el tema del cual se ocupan los cuatro evangelios, y fue la Palabra que Pablo le habló al carcelero, y que éste al recibirla también trajo vida a su casa. También es la misma palabra que ahora te hablamos a ti, en este momento, para que conozcas el don de Dios. Por lo cual, si tu corazón siente el impacto del llamado de Dios, y tienes el anhelo de seguirle y conocerle, no compliques algo que Dios ha hecho tan sencillo. Ven, deja que la fe en el Hijo de Dios invada tu corazón y en convicción, haz la siguiente oración. Te aclaro, la oración no es la que te salva, sino creer lo que estas diciendo. Repite, pues, en alta voz estas palabras, pues “con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10).

“Señor, escucho tu voz que me llama, y mi corazón siente el deseo de tu presencia. Vengo a ti, reconociendo que he vivido sin ti todo este tiempo, y que he pecado muchas veces y de distintas maneras. Soy pecador. No puedo salvarme a mí mismo, pero, tú, sabiendo esto, enviaste a tu Hijo Jesucristo a vivir una vida perfecta por mí, a pagar por el castigo de mis pecados, muriendo por mí, y a resucitar a una vida gloriosa en tu presencia, por mí. Yo acepto este sacrificio, y en acto de fe, me entrego a ti. Toma mi vida, te la entrego a ti, porque quiero seguir tus pisadas. En el Nombre de Jesús Amen”

¡Bienvenido(a) al reino de los cielos!

Amado(a), si de puro corazón has dado este paso de fe, comunícate con nosotros. Es nuestro deseo recibirte como nuestro hermano(a) y compartir juntos en el camino del Señor. Esperamos por ti. Déjanos tu mensaje, te responderemos lo antes posible.

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