Nuestra historia se inicia en marzo de 1986, con la reunión de un grupo de hermanos en un hogar, en el condado del Bronx, en la ciudad de New York. Aquel sueño que el pastor Juan Radhamés llevaba en su corazón de tener una iglesia donde Dios sea el todo, una congregación que ame a Dios, que le tema y le respete; donde hubiera integridad, donde en su organización y administración primara el propósito de Dios por encima de los intereses de una denominación o de una institución, ya empezaba a emerger…

Después de haber experimentado una profunda conversión, a la edad de dieciséis años, el pastor Juan Radhamés Fernández se bautizó el 25 de abril de 1970.  En el año 1973, él se traslada de su ciudad natal, Santiago, Republica Dominicana (donde recibió el llamado al ministerio) a Puerto Rico donde ingresó a una escuela teológica de la denominación a la cual pertenecía. Luego de graduarse, viajó a la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, ya casado con su esposa Migdalia, con la cual contrajo matrimonio en Puerto Rico, en diciembre de 1977. Ya establecido en New York, comienza a pastorear una iglesia de esa misma denominación, en enero de 1979.

En el año 1983, el pastor Radhamés recibe un llamado al ministerio radial. En esa inquietud, se entera que una emisora con mucha audiencia en esta ciudad estaba rentando espacios, por lo que así, sin ninguna experiencia radial, después de orar, firmó un contrato con dicha emisora, en noviembre de 1983.

El nombre

Siendo un hombre temeroso de Dios, empieza a inquirir delante del Señor por dirección, y especialmente por el nombre que daría a aquel programa radial que próximamente iniciaría a las seis de la mañana.  Después de varias semanas en oración y súplicas, tuvo una experiencia muy hermosa con el Señor. Sucedió que mientras oraba, tuvo una visión de un amanecer hermosísimo. En ese momento, no le hizo mucho caso, y siguió orando insistentemente por una respuesta. Después de un rato, el Señor le preguntó: «Según tu opinión, ¿cuál consideras es la necesidad espiritual más imperiosa de la cual carece Nueva York? Él contestó rápidamente: «Esperanza, es lo que necesita esta ciudad y los tantos perdidos que hay en ella». Continuó orando, y luego de mucho tiempo, al ver que el Señor no le volvía a hablar, se sintió frustrado, por lo que con profunda agonía y con gran clamor le decía: « ¡Señor! ¡Señor! Por favor, dime el nombre de la programación». En aquel momento, oyó la voz de Dios que nuevamente le dijo: «Ya yo te lo di», y él, todavía gimiendo le dijo: «Pero, ¿cuándo? ¡Yo no he oído nada!». «Sí – le respondió el Señor- ya te lo dije». Pero él seguía confundido, tratando de encontrar el momento en que Dios le había dado el nombre.

Después de un rato en ese cuestionamiento, el Señor le preguntó: « ¿Qué viste al principio de tu oración?» «Un amanecer» responde sin darle mucha importancia.  El Señor vuelve y le pregunta: «¿Cuál fue tu respuesta a la pregunta que te formulé acerca de New York?» Él respondió: «Esperanza». El Señor le dijo: «Ahí lo tienes».  «Pero… ¿Qué? ¿Cómo? ¡No me has dicho nada! ¡Yo no entiendo nada!», respondía desesperado. Pero el Señor sólo le decía: «Ya te lo dije». Entonces, tratando de recobrar la calma, busca en la visión y en su contestación el mensaje escondido que tenía su tan anhelada respuesta, repitiendo varias veces: «Amanecer, esperanza… amanecer, esperanza… amanecer, esperanza…» Hasta que de pronto su entendimiento fue iluminado y dijo: «¡Ahh!  ¡Amanecer de la Esperanza! ¡Ese es el nombre!». Ya con el nombre y la bendición de Dios, inicia su programación «El Amanecer de la Esperanza».

Al paso de unos años de esa programación radial, el pastor Radhamés tiene una experiencia con el Espíritu Santo, lo cual lo lleva a adorar a Dios en el Espíritu, una forma totalmente diferente a como lo hacían en la denominación donde pastoreaba. En ese tiempo, también él había establecido un instituto bíblico, y allí, a los líderes que cursaban los estudios, les impartía los mensajes acerca de la gracia y de la vida en el Espíritu. Naturalmente, esa situación generó ciertos problemas con la organización. Ellos decían que su adoración parecía más de un pentecostal que la de un ministro de su denominación. Por lo cual, el Señor le indica que tiene que salir de aquella organización, y le da una señal de algo que iba a suceder, y sucedió seis meses después. Él lo profetizó, y les dijo que dentro de tal tiempo la organización tomaría una decisión en cuanto a su persona, y esa sería la señal de su partida, pero sus compañeros no le creyeron.

Esa organización, a pesar de que no estaba de acuerdo con su manera de adorar y su énfasis en la gracia y en la vida en el Espíritu, no quería que el pastor Radhamés se fuera debido al aprecio que tenían por su persona. Ellos, incluso, le hicieron varias ofertas para que se quedara, pero con la condición de que él renunciara a sus convicciones en cuanto al Espíritu y a la gracia. Pero como es imposible para un hombre de Dios ir en contra de su conciencia, después de lo que había experimentado en la intimidad con el Señor. Por causa de esa convicción, y por la instrucción que había recibido del Señor, al final de 1985 salió de la organización.

El establecimiento de un Legado

Fue así como aquel hogar, en el Bronx, en marzo de 1986, se constituyó en el lugar del alumbramiento de un legado que traería esperanza no tan sólo a un mundo que se pierde, sino a aquellas vidas que andan como ovejas sin pastor, hambrientas y sedientas, anhelando los pastos de Dios. Estuvieron en aquella casa hasta que un pastor bautista les rentó en su edificio algunas horas los domingos. En ese lugar, duraron casi dos años, hasta que consiguieron un local pequeño donde congregarse. Estando en ese lugar, el Señor les dijo: «Ustedes  no van a salir de este lugar, aunque sea pequeño y estrecho, hasta que yo trate con ustedes, y los instruya en mi propósito».

Durante esos dos años, el pastor Radhamés lloró delante del Señor porque aunque había pasado por un seminario y tenía experiencia pastoral, la revelación que Dios le había dado le impedía reproducir ninguna de las estructuras de las denominaciones existentes en el Cuerpo de Cristo. Fácil hubiera sido decidir por un sistema en particular, pero él quería obedecer a Dios, por lo que llorando, suplicaba a Dios, como Salomón: «Señor, me sacaste de ahí, donde había un manual de iglesia donde yo me guiaba, donde todo estaba hecho. Ahora salgo, y tengo que guiar a un pueblo; pero quiero hacer tu voluntad y no sé cómo hacerlo. Yo quiero seguir la dirección tuya mi Dios». Hasta que un día le habló Dios, y lo confrontó diciendo: «¿En realidad quieres que yo te guíe?» «Sí, Señor –le respondió llorando como un niño- ¡Claro que sí, que yo quiero que tú me guíes!». Entonces, Dios le dijo: « ¿Estás tú dispuesto a pagar el precio para que yo te guíe?», y sin titubear le dijo: «Sí, Señor, yo estoy dispuesto», pero no sabía a lo que estaba consintiendo.

Hecho así, empezó el proceso de formación de la mano de Dios. Lo primero que Dios le preguntó fue: «¿Estás tú dispuesto a renunciar a tu teología? Porque hay cosas que tú crees que no son verdad, y hay cosas que tú rechazas y son verdaderas. ¿Estás tú dispuesto a dejar de creer lo que tú crees, con tal de seguir lo que yo te muestre que es lo verdadero?».  Y Radhamés llorando seguía consintiendo: «Sí, Señor, yo quiero. Yo soy tu siervo». Entonces ahí comenzó el Señor a tratar con su vida. Lo primero que le reveló fue la verdad de su Reino. Dios le dijo: «Desde que te convertiste, tú has dependido mucho de los libros, y te deleitas en su lectura, por tanto, lo primero que te voy a prohibir es leer». Eso fue tremendo para él, ya que era un lector asiduo, al punto que en su presupuesto tenía una cantidad asignada para comprar libros, no tanto sólo para leerlos, sino para simplemente tener una linda ilustración en algún sermón, sin importar lo que le costara. Por lo cual, Dios le dijo que sólo leería la Biblia, no porque fuera algo prohibido leer un libro, sino porque en lo personal los libros habían tenido una gran influencia en su vida. El Señor le dijo: «Todo el que escribe tiene un argumento y lo defiende, pero no todos los argumentos defendidos corresponden a la verdad.  Así que para yo enseñarte es necesario que tú no estés bajo ninguna influencia de libros», ese era la razón de esa radical instrucción.

Después de un tiempo, volvió Dios a decirle: « ¿Estás listo para comenzar?», «Sí, ya estoy listo», respondió. Entonces, Dios le instruye que tomara su Biblia y buscara en Mateo 6:9-13, el Padre Nuestro. Radhamés lo lee, luego el Señor le dice: «Dime qué es un reino». Él, con su formación universitaria y apasionado con la historia, procedió a definir con sus palabras lo que es un reino, pero Dios lo detiene y le dice: «No, no, no; busca en un diccionario la palabra reino», sin dejar siquiera que se lo definiera. Así que, avergonzado y un tanto deslucido trató de buscar en las cajas donde había guardado su biblioteca, pues estaba de mudanza, y lo único que pudo encontrar a mano, en el momento, fue un diccionario de bolsillo. Lo primero que pensó fue que ahí no aparecería la palabra reino, pero para su sorpresa la encontró. La definición fue bien escueta y concisa, como si fuera algo elegido por Dios: “Reino, territorio gobernado por un rey”.

Después de haberle leído la definición al Señor, Él le dice: «Muy bien, tú sabes lo que es un imperio, ahora dime cómo eran los reinos antiguos» Él le responde: «Monárquicos, absolutistas,…» «Correcto, muy buena respuesta -le dijo Dios- Pues así es el Reino mío, monárquico y absolutista. Por eso me revelé en la antigüedad, porque si lo hago en la actualidad, en tiempo de la cultura democrática, nunca me hubieran entendido. Pero me revelé en aquel tiempo porque se entendían lo que es un rey, un soberano, un monarca o un emperador.  Ahora, aplica esa definición a mi Reino. En mi Reino ¿quién es el rey?» Él responde rápidamente: «Tú eres el rey». « ¿Y el territorio?» «Bueno, el territorio tuyo son los cielos, la tierra y todo lo que existe en lo visible y en lo invisible» «Muy bien has respondido. En un reino antiguo no existía otra ley que la voluntad del rey.  Volvamos al Padre Nuestro. Jesús dice: Venga tu reino. Hágase tu voluntad, en la tierra, como en el cielo. Para que llegue el Reino a la tierra, Jesús vino a establecer mi Reino. Primeramente a salvarlos a ustedes, para que ustedes puedan entrar en mi Reino».

La salvación es un recurso de Dios para que el hombre pueda entrar a su Reino, porque el hombre debido a la caída por el pecado, perdió el Reino de Dios. O sea, ya Dios no gobernaba en el hombre, sino Satanás, el yo y el mundo. Y ahora Cristo cuando nos salva, nos sujeta al Reino de Dios. Así que el Señor le habló del propósito de la salvación, que además de reconciliarnos con Él, era para Él reinar en nosotros y que nosotros reinemos con Él. También, Dios le mostró que la oración del Padre Nuestro tiene un orden de prioridad en la mente de Dios. Cuando Jesús dijo Santificado sea tu nombre, implicaba que no puede haber Reino si el nombre de Dios no es Santificado. Israel, por ejemplo, no santificó el nombre de Dios. Ahora Jesús nos enseña que lo más importante en nuestra relación con Dios es santificar su nombre, y después de recibir su Reino, es hacer su voluntad. Después de tantos mensajes acerca de Padre Nuestro, ahora lo veía a través de la óptica de Dios, en el verdadero contexto de la intención de Jesús cuando lo enseñó.

De esta forma, Dios comenzó a enseñarle que Él gobierna tal como Él es. Los monarcas de la tierra, como son hombres, cambian de acuerdo a las circunstancia su manera de gobernar. Pero Dios no cambia, en Él no hay sombra de variedad, y su Reino es siempre eternalmente estable. Dios no necesita cambiar porque es perfecto; su reino es justo porque Él es justo; su reino es santo porque Él es santo; su reino es bondadoso porque Él es bondadoso.   Por tanto, hablar del Reino y hablar de Dios es hablar de una misma cosa, porque tal como es Dios así gobierna. Dios nunca gobierna divorciado de su Reino. Reino es lo mismo que Dios. El Reino de Dios manifiesta la manera de ser y de pensar de Dios. Su Reino está íntimamente relacionado como el fondo y la forma con su voluntad, porque Él gobierna de acuerdo a su voluntad. Por eso Jesús nos enseñó a orar diciendo «Venga tu reino, y hágase tu voluntad aquí, como se hace en el cielo». No hay reino en la tierra, ni en nuestra vida, ni en nuestro hogar si no se hace la voluntad de Dios.

De ahí vino la enseñanza para que Dios sea el todo. Ésta nace por la búsqueda de Radhamés de encontrar una manera de ser eficiente en todo, y lloraba delante del Señor, porque quería dar el grado en todas las áreas. En la adoración, en la oración, en la predicación, en la mayordomía, en la proclamación del evangelio en todas las funciones de la iglesia, él quería ser excelente, pero no alcanzaba, así que se frustraba y lloraba, y persistentemente oraba al Señor pidiéndole que le resumiera su voluntad, esto es que le dijese una cosa que al hacerla estuviera haciendo todo.

Un día, Dios le enseñó cómo haciendo una sola cosa, le agradaría en todas las demás. Dios lo llevó a 1 Corintios 15, al texto donde Pablo dice: Pero luego que todas las cosas le estén sujetas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sujetó a él todas las cosas, PARA QUE DIOS SEA TODO EN TODOS” (1Co 15:28). Dios ilumina su entendimiento y le hace ver que si Dios es el todo para él ya hizo todo con esa sola cosa. El Señor le mostró que en su Reino, Él es el todo. Eso comenzó a cambiar su forma de adorar, porque en la denominación se tiende a imitar lo que se ve, y el énfasis en el culto eran las personas. Se daban clases de crecimiento de cómo hacer crecer a la iglesia con la amplitud, el estacionamiento, la clase para los niños, el servicio a la comunidad, la buena calefacción, la limpieza, etc.; en fin, que la gente se sienta bien, y que los cultos no sean largos para que la gente no se canse.

La revelación de Dios como el todo le muestra que había un desenfoque en cuanto a la prioridad en el servicio a Dios. El culto no es para que la gente se sienta bien, sino para que Dios se sintiera bien. El propósito de la adoración no es para que nos sintamos bien, es para que Dios se sienta bien. Aun el saludo, se tomaba parte del servicio de adoración, para que la gente se sienta bien, pero puede estar algún pastor o el presidente de Estados Unidos en medio de la congregación, pero no interrumpimos la adoración a Dios por dar un saludo a una persona relevante. Saludamos a las personas que llegan por primera vez, pero no como antes, que todo era para que la gente se sienta bien. Ahora nosotros todo lo concentramos en el culto a que Dios se sienta bien, porque entendimos que una ofrenda es una dádiva de tributo a Dios. Entonces enfocamos todo a que Dios sea agradado en el culto. Lo que Dios demanda de la adoración es no darle un animal mutilado, dañado, sino darle lo mejor. Siempre hemos comenzado nuestros servicios a tiempo, pero el tiempo que dura el servicio depende del Espíritu Santo, usando, naturalmente, la prudencia de no extenderlo porque nosotros lo queremos extender, sino dándole lugar a la dirección del Espíritu. Así que ponemos la ofrenda y adoramos hasta que se consuma la ofrenda. No como una programación religiosa, sino un culto en el Espíritu de adoración a nuestro Dios. De ahí la temática y el concepto del libro “Para que Dios sea el Todo en todos”; de manera que Dios sea el todo en la adoración, el todo en la predicación, el todo en la mayordomía, el todo en la administración, el todo en el servicio y en todas las áreas.

La Vida en el Espíritu fue la primera experiencia que el Radhamés tuvo con el Señor y que lo llevó a salir de la denominación donde estaba. También de esa experiencia originó el primer libro “Manual de la Vida en el Espíritu”. Sin embargo, en cuanto a la visión, la vida en el Espíritu tiene que ver con lo personal, enfocar todo a través de la vida del Espíritu. Dios  le reveló la diferencia entre organización y organismo, y él pudo entender que tanto donde él estaba como todas las denominaciones, comienzan con un lindo ideal espiritual, pero cuando crecen se van desviando, y deslizando, y al final el interés que prima es el de sostener el “sistema”, y hacerle culto a la organización, perdiendo así el propósito y la visión espiritual que Dios les ha revelado.

También Dios cambió su manera de predicar. Y aunque él enseñaba homilética (el arte de la predicación), cuando entra a la vida del Espíritu (sin menospreciar los principios de la homilética que nos ayudan cuando nos estamos formando)  Dios lo comienza a formar en la predicación, de una manera diferente a como se había formado. Ahora, aunque nunca está pensando en hacerlo así, él expone una enseñanza la cual extrae del estudio de la Biblia, y al final aplica, y ve como la aplicación la gente se le graba para siempre. A partir de ese momento, Dios comienza a entrar a  Radhamés en el mundo de la revelación. Mientras antes había aprendido a preparar sermones, a ir a la Biblia a buscar un tema, o encontrar en un buen libro la idea para un buen sermón, ahora lee la Biblia para llenar su corazón, con una libreta al lado para escribir lo que el Señor le revele, y muchas veces siente que el Espíritu Santo le dicta los pensamientos de Dios. Así, cuando llega el momento de predicar, sólo inquiere en oración cuál sea la voluntad del Señor, y el Espíritu lo guía a aquella revelación  que en un tiempo le reveló. Consulta libros de referencias, naturalmente, pero sólo para buscar información que confirme o aclare la enseñanza ya revelada. Pero el tema se lo da Dios por la Palabra.

El Mensaje

Unas de las cosas que Dios le enseñó es que no hay mensajero sin mensaje. Si Dios envía a un profeta, lo envía con un mensaje. Por eso, los profetas del Antiguo Testamento, aunque tenían mensajes distintos, dependiendo lo que Dios estaba comunicando a través de ellos, era Dios que les daba el mensaje, ellos no preparaban o elaboraban mensajes. Y cuando Dios te llama, Él te da un mensaje, y en ese sentido nosotros entendemos que somos un ministerio profético, porque Dios nos enseñó que profeta no es tanto el que predice el futuro, sino el que tiene un mensaje de Dios para la iglesia. Y nosotros creemos que El Amanecer de la Esperanza es un ministerio profético, no tanto porque Radhamés tenga un ministerio profético y la unción profética, sino porque Dios nos dio un mensaje para la iglesia y para las naciones.

El Amanecer de la Esperanza es un ministerio profético, apostólico, porque ha sido enviada a llevar un mensaje de Dios para la iglesia. ¿Cuál es el mensaje? El mensaje de la vida del Reino de Dios. La vida del Reino de Dios consiste en que en todo lo que hacemos y predicamos llevamos la gente a Dios, porque el profeta verdadero no es tanto el que anuncia el futuro y se cumple,  sino aquel que lleva la gente a Dios. Juan el Bautista, que se sepa, nunca hizo un milagro, por lo menos registrado en la Biblia, pero él llevaba la gente a Cristo; su mensaje era: « ¡He ahí el Cordero de Dios!» y de él Jesús dijo que era más que un profeta, y que entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que él (Mat 11:11).  Muchos profetas de la antigüedad no hacían milagros, pero llevaban la gente a Dios. Moisés, inclusive,  dijo: “Cuando se levantare en medio de ti profeta, o soñador de sueños, y te anunciare señal o prodigios, y si se cumpliere la señal o prodigio que él te anunció, diciendo: Vamos en pos de dioses ajenos, que no conociste, y sirvámosles; no darás oído a las palabras de tal profeta, ni al tal soñador de sueños; porque Jehová vuestro Dios os está probando, para saber si amáis a Jehová vuestro Dios con todo vuestro corazón, y con toda vuestra alma”  (Dtn 13:1-3). Quiere decir entonces que hay profetas que anuncian las cosas y se cumplen, pero apartan a la gente de Dios.

Por lo cual, nuestro hincapié en todo lo que hacemos es traer a la gente a Dios. En nuestros libros el énfasis es Dios, que Él sea el Todo en todas las cosas. En la predicación, la motivación de nuestras obras, en cualquier cosa, si Dios no es el Todo el mensaje no está correcto, porque Dios debe ser el Todo en todas las cosas. No solamente en el contenido del mensaje o en su énfasis, sino en la motivación del predicador. Un  mensaje puede hablar mucho de Cristo y no ser cristo-céntrico; puede hablar mucho de Dios y no tener a Dios como el centro.  Hecho así, Dios entonces nos enfoca y nos enseña lo que es la vida de su Reino: que Él es el Todo en todo y en todos.

Por eso, nuestro único objetivo es la obediencia, la sujeción, y agradar al Señor. Es la razón por la cual nos enfocamos en el temor de Dios, en servirle en lo auténtico, en la unicidad de: “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Dtn 6:4-5); enseñar la verdad tal como fue enseñada, apegándonos a todo lo que dice la Santa Palabra. Asimismo, no dejarnos llevar por las corrientes filosóficas, ni nuestra manera de pensar. En el evangelio, Dios es el Todo en Cristo, y era el mensaje de los apóstoles cuando predicaban, hablaban en contra de la mente humana, de lo que es la cultura, la tradición y la filosofía. Todas esas cosas en realidad se oponen a Dios. El pensamiento humano está en contraposición de lo que es Dios. Al ver nuestra predicación pueden darse cuenta que nada de eso fue una ocurrencia de  Radhamés, sino que es una revelación. Inclusive, por años ni siquiera él se percató por el camino que iba, hasta que después se fue dando cuenta.

El aspecto apostólico de nuestro ministerio es la manera cómo el Señor nos ha guiado, como iglesia local, cuyo trato es en realidad el propósito de Él con todo el resto del Cuerpo de Cristo. En otras palabras, nos dimos cuenta que Dios nos estaba enviando a nuestros hermanos. Como dijo el Maestro “… si de gracia recibisteis, dad de gracia” (Mat 10:8 R60). Por ejemplo, el Señor nos ha enseñado algo acerca de la iglesia. La iglesia vista desde el punto de vista de Dios es el cuerpo de Cristo. Dios le enseñó a  Radhamés esa revelación aún en la denominación, por eso tuvo problemas allá, porque ellos se creen exclusivos de Dios. Pero en su prédica, él ya declaraba que Dios tiene una iglesia en toda nación, tribu, lengua y pueblo, incluso en toda denominación. Ellos y muchas otras denominaciones enseñan que a través de esa iglesia se llega a Cristo, y se autoproclaman la iglesia verdadera, la puerta a Cristo y al cielo. Pero la iglesia nunca ha sido la puerta al cielo, porque el cielo ya tiene una puerta y es Cristo. Jesucristo es la puerta al cielo y cuando entramos a través de Él a Dios, entramos a la iglesia, para ser guardados hasta el día de su venida.

Dios nos enseñó que la manera de identificar a los cristianos es por el nuevo nacimiento. Toda persona que es nacida de Dios genuinamente, (por sus frutos los conocemos) es un hijo de Dios, y por consiguiente, parte del cuerpo de Cristo, no importa dónde se haya convertido o en qué iglesia adora a Dios. El nombre de la denominación no tiene nada que ver con el cielo y mucho menos con la salvación. La iglesia está compuesta por todos los santos de todas las denominaciones, los cristianos auténticos, que han nacido de nuevo, y sirven a Dios con sinceridad de corazón. Entonces el concepto de iglesia cambia. Desde entonces Dios comenzó a mostrarnos que éramos siervos de Dios para servir a la iglesia.

El Llamado

El llamado de Dios es servirle a Él y después servirle a la iglesia. Le servimos a Dios primero, y sirviéndole a Dios, le servimos a la iglesia. Como ministerio apostólico-profético, Él nos manda a nuestros hermanos con un enfoque: edificar el cuerpo de Cristo en el mundo, no importa quién sea. Por ejemplo, estamos en la radio desde el 1983 hasta el presente, y recientemente, estamos incursionando en la televisión local, pues por décadas nuestras prédicas han sido transmitidas por cadenas televisivas en Hispanoamérica. Para cumplir ese propósito en nuestra área local (New York) nosotros gastamos miles y miles de dólares mensuales en la radio, pero ni siquiera el teléfono damos para que la gente llame, pues nuestro énfasis es edificar a la iglesia, no buscar adeptos.

En una ocasión, rentamos las madrugadas, de 2 a 6 de la mañana, de lunes a viernes, en una emisora secular, lo cual ascendió a US$260,000.00 dólares al año. En ese tiempo habríamos las líneas telefónicas para que la gente llamara por necesidades de oración, pero nunca dijimos dónde estaba la iglesia. De hecho, todavía no lo decimos. El edificio nuestro no tiene letrero de identificación con el nombre del ministerio, ni del pastor, ni el orden de servicios, etc., como se acostumbra, y quien ve el edificio no cree que albergue a una iglesia. ¿Por qué lo hacemos? No porque sea malo que una iglesia tenga un letrero identificándose y muestre su horario de servicios, de ninguna manera, sino que  Dios a nosotros, por ser una casa profética nos dijo: «No pongan letrero afuera,  porque ustedes representan una iglesia que une al resto del cuerpo, y los nombres separan». Por supuesto que, como una entidad religiosa, estamos reconocidos en los Estados Unidos, y nos es necesario registrar un nombre para fines de legalización. Pero nosotros no enfatizamos el nombre de El Amanecer de la Esperanza, porque Dios es el Todo en todas las cosas.

En otras palabras, como una manera de señal profética, Dios nos dijo que no pongamos letreros afuera, que nos identifiquen como iglesia, para Él mostrar tres cosas: 1. Que pertenecemos al cuerpo de Cristo, y no tenemos un nombre que nos separe del resto del cuerpo; 2.  Que es Él el que añade a la iglesia a los que han de ser salvos. O sea, lo nuestro es predicar para que la gente venga a Dios, y Él trae aquellos que Él quiere añadir a esta congregación; 3. Sólo vendrán aquí las personas que Dios quiere que vengan. De hecho, es muy larga la historia, pero hermanos que han salido a buscar nuestro edificio no lo encuentran, y hay otros que Dios les ha revelado, y han visto a la iglesia y al pastor en sueños, sin conocerle, y cuando llegan se maravillan de ver que Dios los trajo. Eso es algo tan sorprendente, y vemos tanta sabiduría en ello, pues en cada iglesia local deben estar las personas que Dios quiere que estén en ese lugar, de acuerdo al propósito.

También Dios nos enseñó que la iglesia se sostiene con los diezmos y las ofrendas. “Traed todos los diezmos al alfolí y haya alimento en mi casa; y probadme ahora en esto, dice Jehová de los ejércitos, si no os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10). Traducido al lenguaje del Nuevo Testamento, la casa es la iglesia; el alimento es la edificación de la iglesia, todo lo que contribuye al propósito que edifica el cuerpo de Cristo. Nos hizo entender que los diezmos no son como los impuestos o contribución al gobierno; y aunque los diezmos contribuyen al propósito, no es una contribución, sino una adoración.

El propósito del diezmo es reconocer a Dios como el Señor, el dueño, el proveedor y el benefactor de nuestras vidas.  Desde Génesis, Dios apartó la porción de su casa, los diezmos, para llevar a cabo su propósito. Como el propósito nuestro no es local solamente, sino que se extiende a todo el cuerpo, nosotros administramos el presupuesto pensando en el resto del cuerpo. En cuanto a los principios del diezmo, Dios nos prohibió hacer colectas.  En nuestra mayordomía, nosotros no vendemos, ni recolectamos ofrendas extras, sino que la iglesia se sostiene con los diezmos y las ofrendas que voluntariamente dan los hermanos.  Desde entonces y hasta la fecha, tampoco hemos recolectado ofrendas misioneras, ni ofrendas para el pobre, ni ofrenda para el predicador y mucho menos para el pastor ni para ningún otra causa. De lo que los hermanos dan, nosotros suplimos todas las necesidades.

En ese sentido, todo lo regalamos. Dios nos enseñó la bienaventuranza de dar, de regalarlo todo. Siendo así, regalamos cientos de miles de DVD, CD con las predicaciones. A veces hemos dado más de cincuenta mil discos compactos en un año.  De los tres libros que hemos escrito, hemos regalado más de sesenta mil ejemplares. Cuando viajamos a las naciones, no pedimos ofrendas; nosotros pagamos nuestros pasajes, pagamos el hotel, la comida y llevamos ofrendas a las naciones. Eso es muy importante, porque el Señor nos enseñó que los apóstoles llevan, no traen, porque la palabra apóstol se originó de los barcos que salían por los puertos del Mediterráneo a llevar los frutos, a llevar mercancías. Es decir,  eran enviados a llevar. Pablo llevaba, pero no traía. Los conquistadores cuando salen a las naciones regresan con botines y llenos de despojos, pero los apóstoles de Jesucristo salimos llenos de recursos de la gracia y regresamos vacíos, porque fuimos a distribuir no a despojar.

Asimismo, para nosotros la importancia de la edificación del resto del cuerpo es tan importante como la edificación de nuestra iglesia, a nivel local, porque somos un mismo cuerpo. De hecho, invertimos más en las naciones, en las iglesias con las cuales nos relacionamos, que en nuestra propia casa. Sin embargo, lo significativo de todo esto es que tenemos relaciones con iglesias desde Argentina hasta España, y nuestro único interés es edificar el cuerpo de Cristo.

El Apostolado

Nosotros hemos entendido que estar en paternidad y en autoridad es estar en responsabilidad. La Palabra dice: “… no deben atesorar los hijos para los padres, sino los padres para los hijos” (2Co 12:14). El evangelio consiste en dar, no en recibir, es lo que de Dios hemos aprendido. Muchos pastores e iglesias nos ven como padres espirituales y como su autoridad espiritual. Pero una de las cosas más significativa que Dios nos ha enseñado es a cuidar el corazón. Por eso, cuando entramos en una relación con un pastor o una iglesia, nosotros le decimos a ese pastor: «Lo único que te pedimos es que tú agrades a Dios y te dejes guiar por el Espíritu Santo en tu iglesia. No ofrecemos cobertura, sino relación y servicio.

En la actualidad, se ha interpretado que el apostolado se vende como una cobertura, pero no es más que un colonialismo religioso. Esto es una práctica muy vieja en las denominaciones, el anexar iglesias locales para formar un imperio religioso, y al final tomarles los recursos, los diezmos y las ofrendas, y cualquier otra cosa. Mas, el trabajo apostólico debe ser brindar paternidad y servicio desinteresadamente, dando todo sin recibir nada a cambio de nada. Lo mismo que hace Dios en Cristo: “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito…”  (Juan 3:16).

Cuando la motivación del corazón es recibir y no dar, estamos bien distanciados de lo que es el corazón de Dios. Por eso, no vamos a buscar, sino que vamos a impartir. Partiendo de este principio, lo mismo que Dios pide a nosotros, es lo mismo que le pedimos a las Iglesias, como condición: que respeten a Dios, que lo amen, que lo agraden y que gobiernen a su iglesia local con un gobierno de ancianos, en el temor de Dios y guiándose por el Espíritu Santo. De hecho, hay pastores que quieren ponerles el nombre de nuestra iglesia a sus congregaciones, porque se consideran hijos de la casa, pero el Radhamés siempre se opone. Él les dice que no, porque nosotros ni siquiera tenemos nombre en la puerta ni buscamos hacer un nombre, aunque sí levantamos un nombre: el Nombre de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, el único digno.

Dios nos ha enseñado que Él es el Todo.  Por lo cual, no le hacemos culto al hombre, ni a la iglesia, ni a las instituciones, ni al ministerio, ni a nada nuestro. Eso explica por qué nuestros libros no tienen una foto del Radhamés (como autor en la contraportada), y se rehúsa a colocar su foto en este sitio en la Red, para darse a conocer. Dios no nos mandó como siervos a hablar de nosotros, a proyectarnos nosotros, sino a llevar Su nombre y darlo a conocer. Alguien dijo, refiriéndose a la predicación del evangelio, que todo mensaje que no sea neta y esencialmente bíblico constituye una prostitución del púlpito. Por tanto, consideramos que todo lo que le roba atención a Cristo y a su nombre es un atentado contra su propósito y su gobierno en la vida de sus escogidos.

Cuando los líderes judíos juzgaban a Jesús, tratando de persuadir a Pilato a que lo condenase, le dijeron: “Si a éste sueltas, no eres amigo de César; todo el que se hace rey, a César se opone” (Juan 19:12), como diciendo que todo el que se declara rey está atentando contra el Emperador.  Así decimos nosotros, parafraseando este versículo: Todo ministro que se declara señor o rey, y que se proyecta, y se enfatiza a sí mismo, está atentando contra el reinado y el señorío de Cristo. Tristemente, en la actualidad, es muy común el proyectar la imagen del hombre. Si navegamos por el Internet nos ahogamos, porque en cada página donde nos detenemos es un culto a la personalidad, al predicador. Sus páginas están llenas de fotos donde aparece el fulano con su familia, proyectando todos sus logros.  Alguien graba un CD de música, y lo primero que aparece en la carátula es la imagen de la persona. Y lo que decimos es que hay una fiebre, una necesidad, una sed de idolatría y egolatría rampante. Y esto es directamente un atentado contra el gobierno y propósito de Dios, y el señorío de Cristo.

Así que la revelación que hemos recibido de la vida del Reino, resumida, es que Dios es el Todo en todas las cosas. Esa verdad nos ha conducido a enfatizar todo desde el lente y la óptica de Dios. Los ojos de Dios son su mismo corazón. Dios mira a través de su corazón, y el que tiene el corazón de Dios tiene la óptica de Dios.

Nuestra iglesia local

Si alguien nos preguntara ¿cómo resumirían la visión de ustedes como iglesia local? Lo haríamos en tres palabras: agradar a Dios. Lo dicho no viene como una simple inspiración, sino por un trato duro de Dios en aquel lugar pequeño y estrecho, por ocho años, desde el 1986 hasta el 1994. A esos ocho años, Dios le llamó el desierto, usando la tipología de la experiencia de Israel en su éxodo desde Egipto hasta Canaán.

A la denominación donde se congregaba antes Radhamés, espiritualmente, el Señor la llamó “Egipto”, y al salir un “éxodo”. A la mitad de esos años, en el 1990, compramos el edificio donde adoramos ahora. Esta compra fue un milagro, porque Dios nos dijo que nos iba a dar ese edificio, pero es una historia larga que ahora no precisamos contar. Radhamés oraba por la adquisición del inmueble, y justamente al cabo de un tiempo lo pudimos adquirir, pero ese edificio había que reconstruirlo. Por tanto, reconstruimos ese edificio en cuatro años, del 1990 al 1994, lo que pudimos haberlo hecho en un año, pero Dios complicó las cosas a propósito, porque tenía mucho que enseñarnos en cuanto al servicio y a su plan con nosotros.

El Señor nos dijo: «No entrarán, no cruzarán el “Jordán” (así Él llamó la ocupación del edificio ya preparado) hasta que ustedes no estén listos». Nos trató fuertemente. La experiencia fue dura y difícil; fuimos probados para luego ser aprobados. Y ese edificio lo reconstruimos con nuestras propias manos: niños, mujeres y hermanos que sabían de construcción. Aunque usamos, lógicamente un arquitecto, y contratistas con licencia para trabajar con la electricidad y plomería, lo demás lo hicimos nosotros. Y un trabajo que pudo hacerse en un año, se prolongó, porque todo se complicaba. Luego vimos que fue a propósito que Dios lo hizo así.

Dios le enseñó a Radhamés, en el proceso de esos años, cómo debía estar organizada la iglesia, pero haciendo la salvedad que la iglesia no era una organización, sino un organismo viviente. Le mostró la diferencia entre una organización y un organismo vivo. Primeramente, le hizo tomar en cuenta que la iglesia es el cuerpo de Cristo. La mayoría de las Iglesias están organizadas siguiendo los sistemas de las empresas y organizaciones humanas. Por ejemplo, en muchos ambientes a los ministerios le llaman sociedades de damas, de caballeros, de jóvenes, y dividen las áreas de servicio por sexo y edad. En otros lugares, inclusive, les llaman departamentos. Pero estos nombres no son más que la manera que están compuestas las organizaciones empresariales, imitación del funcionamiento de una organización.

Mas, Dios nos mostró con la Biblia que la iglesia debe funcionar como un cuerpo. El Señor, por su Santo Espíritu, impartió los cinco ministerios, los nueve dones del Espíritu, y lo que llama la Biblia las funciones que aparecen en Romanos 12 y otros lugares. Dios hizo escribir a Radhamés cada ministerio, los dones del Espíritu, las funciones y operaciones, con sus definiciones, según la Biblia, como una descripción para el servicio en el ministerio. Como dice Pedro, cada uno debe servir de acuerdo al don que recibió (1 Pedro 4:10). Sucede lo mismo con los talentos en el aspecto natural: cuando uno termina la escuela superior e ingresa a la universidad, para algunas carreras se requiere realizar un examen de aptitud académica para ubicar al estudiante en el área de su idoneidad. Algunas personas son buenas en matemáticas, otras en humanidades, otros en ciencias, y es aconsejable que cada quien curse los estudios en el área donde muestra sus habilidades o mejor rendimiento. Así pasa espiritualmente, cada uno debe servir en el cuerpo, no en lo que le gustaría, sino en lo que debería. Alguno anhela obispado, buena obra desea, pero no es lo que tú anhelas, sino lo que el Espíritu Santo te impartió.

Por lo cual, de esta manera es que funcionamos en la iglesia. Tenemos un gobierno de ancianos y líderes ministeriales. El Señor le mostró a Radhamés que los ministerios se formaban por las necesidades, y las necesidades se suplían con los dones. Cuando los hermanos se bautizan, son orientados para servir en el área donde se sienten llamados por Dios. Por ejemplo, la Biblia habla del ministerio de ayuda y ministerio de servicio, juntamos esos dos ministerios, y los hermanos que tienen esos dones de servir y de ayudar están sirviendo en ese ministerio. Tenemos un ministerio a favor de los enfermos y envejecientes, ¿quiénes sirven ahí? Las personas que tienen el don de sanidad y sienten carga por los ancianitos y enfermos.  Hay ministerio de adoración o Altar, ministerio de Diaconía, ministerio de Evangelismo, ministerio de Jóvenes, ministerio de Rehabilitación, ministerio de Comunicación, ministerio de Transportación, entre otros. Cada uno debe trabajar en el área donde Dios lo llamó, donde se siente llamado, donde tiene carga y la capacidad.

Quiere decir entonces que nuestra iglesia funciona a través de un gobierno de ancianos, y más de dieciséis ministerios. Cada ministerio tiene su líder. Cualquier hermano que se bautiza puede participar como voluntario en la mayoría de los ministerios, si se siente llamado a esos ministerios. Es una parte muy difícil para el pastor, canalizar la vida espiritual de una persona; lo cual no se logra en un día, pues hay personas que están muy definidas, como otras que están indefinidas en cuanto a sus dones; es un proceso. Pero por lo menos, en la iglesia el que se bautiza no necesita un nombramiento para servir, simplemente sirve, así como en el cuerpo humano ni el corazón ni los riñones, ni el hígado, ni el páncreas, ni tampoco los pies, ni los ojos requieren un nombramiento para funcionar, solo sirven.

Elección del gobierno de Ancianos y líderes ministeriales

Algo importante que debemos destacar es que nosotros no somos una iglesia democrática, sino una iglesia teocrática, porque Dios nunca ha sido democrático. La única vez en la Biblia que se menciona que Dios ha sido democrático fue cuando quiso confundir a Acab, que reunió a los espíritus y les dijo: ¿Quién inducirá a Acab rey de Israel, para que suba y caiga en Ramot de Galaad?”  (2Cr 18:19), y se levantó un espíritu y le dijo: Yo le induciré. Y Jehová le dijo: ¿De qué modo? Y él dijo: Saldré y seré espíritu de mentira en la boca de todos sus profetas. Y Jehová dijo: Tú le inducirás, y lo lograrás; anda y hazlo así” (2Ch 18:20-21). Así que la única vez que Dios consultó fue para confundir a un sinvergüenza que se apartó de Él. Pero Dios nunca consulta, a Dios se le consulta.

Vemos que en la mayoría de las Iglesias hay elecciones cada cierto tiempo para elegir a los líderes, los cuales son sustituidos cada cierto tiempo. Sin embargo, la Biblia nos enseña que los llamamientos son irrevocables: Porque irrevocables son los dones y el llamamiento de Dios” (Rom 11:29). Los apóstoles no fueron elegidos por un año, tampoco los diáconos, ellos fueron señalados, apartados y ordenados para servir por siempre. Por lo tanto, en nuestra iglesia no hay nombramientos, la gente sirve en los ministerios. Cuando alguien es señalado por el Espíritu Santo para ser líder de un ministerio, pasa por un proceso de prueba, de capacitación, para luego servir, como dice en el libros de los Hechos de los Apóstoles: Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado” (Hechos 13:2). Los líderes ministeriales son apartados, y tienen un anciano que  le sirve de consejero (no dirige el ministerio), y es la voz de ese ministerio en el gobierno o presbiterio de la iglesia. El orden y la sujeción son elementos muy importantes en este organigrama establecido por el Señor, a lo cual todos, sin excepción, nos sujetamos. De esa manera funcionamos como un cuerpo, y hasta hoy hemos visto la sabiduría, armonía y perfección en esta manera de organización.

Dios le había dicho a Radhamés: «No elijas ningún líder en la iglesia. Sólo coloca a algunas personas a servir, para que la iglesia funcione, nada más, porque Yo soy quien va a elegir aquí a quienes van a servir; yo soy el Señor».  Así que aplicando lo que Él nos enseñó, que Él es el Todo, y que Él es el que gobierna a su iglesia, Radhamés no se atrevió a hacer nada fuera de esa instrucción. De hecho, en la reconstrucción de ese edificio duramos años consultándole a Dios sobre cómo iban a ser pintadas las paredes, del color de las cortinas, del diseño interior, de todo, de cada cosa, con mucha oración, y mucho trato de Dios.  Cuando desobedecíamos en algo, Dios revelaba su descontento, y paraba la construcción. Por eso era tan complicado todo. Se puede escribir un libro de la experiencia de esos cuatro años. Todo se complicaba, y si no se hacía la voluntad de Dios, nada prosperaba. Así nos enseñó obediencia y sujeción.

Debemos mencionar que cuando Radhamés salió de aquella denominación, junto con él salieron un grupo de personas, no porque él les haya dicho que dejaran la institución, sino porque ellos, debido a su predicación, ya no podían continuar donde estaban y le siguieron, sin poder él hacer nada para evitarlo. También en el camino se añadieron personas que fueron formadas en otras iglesias. Para la mayoría  de estos hermanos, el trato de Dios con nosotros fue una crisis, porque no podían asimilar lo que Dios estaba diciendo. Ellos venían con su maleta teológica, con antecedentes de su pasado y querían aplicar eso al proceso que estaba sucediendo en medio nuestro. Fue así como luego, después de haber sido formados éstos se rebelaban contra lo establecido, dividiendo a la iglesia, y dejando roto el corazón del pastor por su ingratitud. Sin embargo, pudimos ver que a pesar que el trato de Dios con nosotros no tenía éxito con personas ya formadas, sí fue de gran bendición para aquellas que no tenían ninguna experiencia ni formación eclesiástica ni honra ministerial.

Cuando Abraham salió a pelear con aquellos reyes que enfrentaron a los de Sodoma y se llevaron cautivo a Lot, dice la Escritura que Abraham armó a sus criados, los nacidos en su casa, trescientos dieciocho, y con ellos rescató a Lot (Gen 14:14). A través de este relato, el Señor le dio a Radhamés una revelación acerca del significado de “los nacidos en su casa”. Dios le hizo entender que los siervos nacidos en la casa eran siervo hijos, y un siervo hijo no se rebela en medio del campo de batalla, porque, como el damasceno Eliezer, no vienen formados de otros lugares, sino que fueron criados en la casa, y crecieron en la casa. Entonces, Dios le instruyó a hacer un discipulado al cual le llamaría “Los siervos nacidos en la casa”, donde Él le señalaría quiénes formarían parte del mismo. Y así como a Gedeón lo llevó al agua y le puso como señal la manera en cómo alguno bebiera, si lamiere las aguas con su lengua como lame el perro, lo pondría aparte y a cualquiera que se doblare sobre sus rodillas para beber (Jueces 7:5 R60), lo instruyó Dios a observar a los hermanos mientras servían, y de acuerdo a cómo servían, así serían seleccionados para estar en ese discipulado. Durante esos cuatro años, el pastor estuvo anotando las personas que tenían aptitud, que eran abnegados, entregados, desinteresados; aquellos que con algún conocimiento de construcción recibían la instrucción del pastor sin cuestionar, aunque quizás no estaban de acuerdo con el criterio de construcción de ellos, mostrando un lindo espíritu de sujeción a la autoridad.

Hecho así, mientras los hermanos trabajaban voluntariamente en la construcción, Dios le iba señalando a quién debía apartar, basado en su aptitud para servir (sujeción, obediencia, desinterés, abnegación, y su manera incondicional en el servicio).  Cuando el pastor obtuvo todos los nombres, comenzó el discipulado, paralelamente con la construcción. Las materias en ese discipulado eran por el Espíritu. El pastor les enseñó a predicar, a escudriñar las Escrituras; les dio historia del Antiguo Testamento, del Nuevo, en fin, los formó como ministros. En aquellas reuniones se daban grandes manifestaciones del Espíritu. Radhamés se asombraba al ver hombres y mujeres sin ninguna experiencia en la predicación, al llegar el momento de exponer la Palabra, en las prácticas, caía la Presencia y nos tirábamos al piso a llorar, eso era casi siempre. Aquello era un cielo.

De ese discipulado, el Señor le mostró a Radhamés quiénes serían los ancianos de la iglesia y los líderes de los ministerios. Dios le habló que la iglesia del Nuevo Testamento estaba constituida por ancianos, y le habló de las funciones de los ancianos, las cuales son seis: gobernar, enseñar, ungir a los enfermos, pastorear a la grey,  imposición de manos y cuidar de la doctrina.  A esos que Dios señaló se los ordenó, como lo establece la Palabra. Aunque ya estaban siendo probados en el proceso de servicio, también era necesario probar su carácter, en fin, todo lo que Dios demanda. De esa manera es que está constituido el gobierno de nuestra iglesia, el cual constituye el Presbiterio.

El Presbiterio

El Presbiterio es el gobierno de los ancianos en la iglesia, lo cual es algo Neo Testamentario. Es la forma de gobierno establecida en toda la Biblia. El modelo del gobierno de los ancianos Dios lo comenzó con Moisés en el desierto, cuando eligió a los setenta ancianos para ayudar a Moisés (Números 11).  Y luego en el Nuevo Testamento, el Sanedrín estaba compuesto por ancianos. Y de ese modelo, Dios gobierna a la iglesia. Lo que Pablo llama Presbiterio de la iglesia (1 Timoteo 4:14), el gobierno de los ancianos.

Algo muy importante, así como Dios no es democrático, los ancianos de la iglesia (junto al pastor como anciano que preside) nunca han tomado una decisión levantando las manos ni ninguna decisión como resultado de una votación o por información.  Nosotros hemos entendido, como gobierno, que tenemos que trabajar en dos áreas o preguntas: 1. Esto que vamos a hacer ¿es voluntad de Dios? Y 2. Si es voluntad de Dios ¿es tiempo de hacerlo?  Esas son las dos preguntas que nos rigen, porque nosotros no estamos en el gobierno para deliberar, decidir, ni tomar decisiones basadas en nuestros criterios, sino para realizar la voluntad de Dios. Como somos una casa profética, tenemos un buzón donde los hermanos escriben profecías, sueños y revelaciones, las cuales leemos, y seleccionamos de acuerdo a su contenido, por discernimiento y temor de Dios. Cuando vemos que el Espíritu está diciendo lo mismo, a través de varios hermanos, sin haberse ellos puesto de acuerdo, interpretamos que el Espíritu Santo nos está diciendo algo. Luego, tomamos dicha revelación, la llevamos al gobierno de ancianos con esos testimonios, entonces juzgamos, según la revelación bíblica, si Dios está hablando o no con relación a ese asunto. Si Dios está hablando, vamos a tener la respuesta a nuestras dos preguntas: ¿es voluntad de Dios? ¿Es tiempo de Dios?

Nuestra constitución

Nuestra constitución es la Biblia.  El país donde vivimos, Estados Unidos, exige que la iglesia, por ser considerada una organización sin fines de lucro, deba regirse por una constitución. La constitución nuestra (como requisito legal) está escrita de acuerdo a lo que es nuestra visión, la cual es la que estamos exponiendo aquí. Es decir que todas nuestras decisiones y la forma en que estamos ordenados como congregación, está basada en una revelación bíblica. Nuestra constitución no es más que la manera bíblica de guiarnos; y la manera en que está redactada es de acuerdo a la visión que Dios nos ha revelado, confirmada en la Santa Palabra, y por la guía del Espíritu Santo.

Como iglesia, pertenecemos al cuerpo de Cristo. Nosotros rechazamos el clasificarnos, porque al clasificarnos ya nos estamos dividiendo, nos estamos separando del resto del cuerpo, y eso está en contra del propósito que Dios nos ha revelado como miembros de su iglesia. Negamos decir que somos una iglesia carismática o pentecostal, porque cuando alguien lee eso dice: «Oh, ellos son así». Y no es que pretendemos ser únicos, pero nos rehusamos a ser encasillados. Creemos en el Espíritu Santo porque salimos de una denominación por causa del Espíritu Santo, para ser guiados por Él. La revelación y la guía del Espíritu Santo nos definen como casa espiritual. La mayoría de las iglesias creen que la era del Espíritu terminó con la era apostólica, y que ya el Espíritu Santo es simplemente la tercera persona de la Trinidad, y que su único trabajo es convertir a los perdidos; que ya no habla a la iglesia ni la guía, y se burlan de aquellos que dicen que Dios les habló. Pero si decimos que somos pentecostales, ya los bautistas pensarán que no somos parte de ellos. Por eso, no somos una iglesia afiliada a ningún concilio o denominación, pertenecemos al cuerpo de Cristo y trabajamos a favor de todos sus miembros, cristianos nacidos de Nuevo que viven en el Espíritu, no importa su afiliación

Nuestras fiestas anuales y jubileos

Desde el principio, Dios nos ha revelado como iglesia que Él nos constituyó para proclamar las virtudes de Él y llevemos la imagen del Hijo, el cual es el resplandor de su gloria. Así que en la manera que Dios guió a Israel como un pueblo teocrático, también definió el propósito con Israel a Faraón: “Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto” (Éxo 5:1). Quiere decir que eran sacerdotes; y luego cuando salen, Dios le dice a Israel que los ha hecho un pueblo de reyes y sacerdotes. “… tú eres pueblo santo para Jehová tu Dios; Jehová tu Dios te ha escogido para serle un pueblo especial, más que todos los pueblos que están sobre la tierra. No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto. Conoce, pues, que Jehová tu Dios es Dios, Dios fiel, que guarda el pacto y la misericordia a los que le aman y guardan sus mandamientos, hasta mil generaciones” (Dtn 7:6-9).

Por consiguiente, habían dos cosas que unían a Israel y que la identificaban como pueblo: un solo Dios y un solo altar. Dios le dijo a Israel a través de Moisés que no adorara en otro lugar que no sea en el lugar que Jehová elija entre todas las tribus de Israel. Y Dios eligió a Sion y llegó a ser el centro de adoración, porque Dios quería que tuvieran un solo santuario para que todos vinieran tres veces al año adorar en ese mismo lugar. Y el altar y la adoración a un solo Dios los identificaba como nación. De hecho, eso es lo que ha mantenido a Israel unido a través del tiempo. Un pueblo que ha emigrado al mundo varias veces, sin embargo, mantiene su identidad, porque adora a un solo Dios y en un solo altar.

Como Israel fue llamado para ser un reino de sacerdotes, Dios le estableció las fiestas anuales, el sábado, y los jubileos, a fin de que Israel celebrase las experiencias más importantes. La Pascua, la celebración de la manera cómo Dios los sacó de Egipto, y los redimió. La fiesta de los tabernáculos, cómo Dios estuvo con ellos en el desierto y habitaron en tiendas. El pentecostés que fue la fiesta de las siete semanas que nos habla de la cosecha y eran cincuenta días después de la Pascua. Algunos ven en el pentecostés la celebración de la dádiva de la Ley, porque fue a los tantos tiempos de salir de Egipto. Pero podemos resumir que las fiestas de Israel eran su experiencia con Dios.

Naturalmente, los cristianos no tenemos que guardar esas fiestas, pero nos quedó la enseñanza de que Dios celebra sus experiencias con su pueblo, y de esa manera las marcas y les hace recordar. Quiere decir que las fiestas eran memoriales. En el Nuevo Testamente solo tenemos un memorial y es la Cena del Señor: haced esto en memoria de mí.” (Luc 22:19). Quiere decir que a todos los cristianos nos une un solo memorial, la Cena del Señor. Mas, en el caso de nosotros a nivel local, Dios nos enseñó a celebrar sus obras en nuestras vidas. Aclaro que no celebramos una fecha, sino un acontecimiento.

Nosotros celebramos tres fiestas en el año. La primera fiesta es en marzo, el aniversario, cuando Dios nos hizo iglesia en 1986. Pero no celebramos el aniversario, sino lo que Dios hizo en esa fecha. En este caso es que nos sacó de donde estábamos, nos reveló su Reino y nos hizo una iglesia. Celebramos en el mes de marzo esa experiencia con Dios. La segunda fiesta que celebramos es en agosto, para hacer memoria de todo el trato con el cual nos formó, ministerialmente hablando, el cual explicamos detalladamente en las páginas que nos anteceden. Dios nos dijo que cuando termináramos  de construir e inauguremos ese edificio, significa que ya Él había terminado su proceso con nosotros. Exactamente terminamos en el 1994, y Dios nos dijo, que estábamos listos para entrar.

Sin embargo, hicimos varios intentos de entrar al nuevo edificio, y algo pasaba que no entrábamos porque se dañaba algo y teníamos que volver a reconstruir. Hasta que llegó la fecha que Dios nos marcó: el 12 de Agosto del 1994. Ya entendemos que doce es Gobierno en la numerología bíblica, y que el ocho es reinicio, y que Dios iba a comenzar su gobierno con nosotros. Y el Señor llamó ese día o a esa fecha el “Cruce del Jordán”. Entonces, Aquel día, el grupo de hermanos, salimos del edificio donde estábamos, portando las doce banderas. Ahora ustedes pueden ver, en la plataforma, las doce banderas. Esas banderas representan las doce piedras que Josué levantó o puso en el Jordán. Dios nos dijo: «Cuando ustedes entren allá, en vez de ser piedras, busquen doce banderas con los nombres de Dios: Jehová Nissi, Jehová Shalom, Jehová Sidkenu, el Elyon etc. Doce nombres de Dios para señalar o enfatizar lo que Dios es para nosotros como iglesia: el Todo.

Dios nos dijo que esta fecha la íbamos a celebrar cada año hasta que existamos como iglesia. También nos dijo que fueran dos semanas de celebración como hizo Salomón, y que el pastor, llegado el momento, leyera la oración que también él hizo dedicándole el templo, por siete días y aun siete días más. Entonces, en esas dos semanas conmemoramos el trato de Dios en esos ocho años, el Desierto, y cómo nos hizo cruzar el Jordán. Pedimos un permiso a la policía y caminamos por todas las calles y entramos al edificio donde adoramos ahora. Aquello fue algo muy relevante para nosotros, y esas banderas  que al llegar establecimos en la plataforma, están ahí como un testimonio, como las doce piedras cuando los hijos de Israel cruzaron el Jordán.

Esa fiesta fue muy importante para nosotros. Cuando arribamos al último día de la fiesta, el día catorce, y leímos por catorceava vez la oración de Salomón, el Señor nos destacó aquel versículo donde Él dice: “…porque ahora he elegido y santificado esta casa, para que esté en ella mi nombre para siempre; y mis ojos y mi corazón estarán ahí para siempre” (2Cro 7:16). En ese momento, una profeta, arrebatada por el Espíritu, nos dijo: « Así dice Jehová Amanecer de la Esperanza: haré contigo lo mismo que le prometí a Salomón, por eso te puse a leer esta oración estos catorce días, porque desde ahora en adelante pondré mi nombre, mis ojos y mi corazón en esta casa». Y para nosotros ha sido muy importante esa palabra profética, y hemos visto cómo Dios ha puesto su nombre, sus ojos y su corazón en esta casa.

La tercera fiesta anual es en el mes de noviembre, es el recordatorio de cuando comenzó el ministerio radial, en el 1983 que desembocó en una congregación. Hoy, varias décadas después, se puede mirar la precisión, lo certero que ha sido Dios en la definición de ese nombre de El Amanecer de la Esperanza.

Los jubileos, por su parte, tomaron ese nombre en el 2001, pero originalmente le llamamos “Clamor”.  Hay una instrucción que Dios le dio a Moisés de tocar las trompetas para que toda la congregación se reuniera ante él a la puerta del tabernáculo de reunión. Pero que tocase sólo una para congregar ante él a los príncipes, los jefes de los millares de Israel (Núm. 10:1-4). Más adelante, Dios nos hizo ver, que la reunión del liderazgo de nuestra iglesia cada siete días (los sábados, a las 6 de la mañana, lo cual es la última vigilia de la semana de oración de 24 horas), representaba un toque de trompeta. Pero la convocación, cada siete sábados, de todo el ministerio, representaba el toque de las dos trompetas para reunir a toda la congregación. De hecho, a esas reuniones vienen todas las iglesias de nuestro ministerio y hermanos de otras congregaciones. En ese tiempo adoramos a Dios con cánticos y recibimos de Él su bendición copiosa, mensaje profético y palabra de exhortación y consolación.

La misión

Algo importante, es que cuando estábamos en el “desierto”, Dios comenzó a profetizar que nos iba a enviar a las naciones, y que llegarían días donde los aeropuertos del área se llenarían de ministros que vendrían de las naciones a adorar con nosotros en esta fiesta “Cruce del Jordán”. Y justamente, al principio fue así. Hacíamos una actividad con pastores, y venían del mundo entero. A veces hospedábamos más de cien pastores y líderes que venían en esa ocasión a adorar con nosotros. También nos dijo que íbamos a ir a las naciones, y aquello parecía un sueño, porque Él iba a llenar los aeropuertos en esas fiestas; y así mismo pasó, en los tres aeropuertos del área. Los hermanos iban y venían,  como taxistas, buscando a los hermanos que venían de las naciones por el aeropuerto de Newark, del Kennedy y  LaGuardia. Dios cumplió cada una de sus palabras.

Asimismo, Dios nos había dicho al leer la oración cada día en la fiesta, que orásemos también por una nación diferente. Por lo cual, cada día oramos por una nación, por catorce días. Después que terminamos, el día catorce, Dios nos dijo que quería que fuéramos a cada una de esas naciones a orar por esas naciones. Y comenzó a dar revelaciones de ese propósito en las naciones. Luego que fuimos a esas catorce naciones, nos mandó, entonces, al resto del mundo, a orar por las naciones, por la iglesia en general, de tal manera que en esos años, del 1995 y 1996, recorrimos el mundo entero orando por la iglesia. Fuimos a un sinnúmero  de países, a los cuatro cabos de la tierra, al sur de la Patagonia, a lo más norte en Alaska, al Este y al Oeste,  a lo que representan los cuatro cabos de la tierra. Fuimos a muchas naciones de Europa, Asia, África, Oceanía y América.

Más adelante, Dios nos mandó a ir a los lugares donde hubo avivamiento. Fuimos a Israel dos veces, a Egipto, casi a todos los principales países de Europa; a los países de Sur América, en representación, al mundo entero. Fuimos al Asia menor, donde estaban las siete Iglesias del Apocalipsis en Turquía, fuimos a la isla de Patmos, a la iglesia en Alemania donde Lutero clavó las tesis en Wittenberg. También fuimos a la casa donde nació John Wesley que hubo avivamiento, a los piamontés donde estaban los Valdenses. En fin, donde quiera que hubo avivamientos fuimos, con una palabra profética, a hablarle a los pozos: Sube, oh pozo”(Num 21:17), orando para que Dios levantara esos avivamientos otra vez. Ahí comenzamos a entender de una manera más amplia lo que significa el ministerio apostólico-profético a las naciones.

Intercesión 24/7

De igual manera, Dios, desde el principio, nos estableció un ministerio de intercesión de veinticuatro horas. En esas veinticuatro horas tenemos un sin número de hermanos que están empleados a tiempo completo y parcial, simplemente para orar veinticuatro horas. En esas veinticuatro horas sin cesar, hay personas asignadas en sus turnos, de cada tres horas cada turno, siguiendo el ejemplo de Israel de las vigilias cada tres horas. Hay un ministerio de intercesión veinticuatro horas, dedicados exclusivamente a la oración.

En esas veinticuatro horas oramos por los tres grupos donde está el corazón de Dios.   Vemos que cuando Dios le dio la revelación de la visión celestial a Pablo (Hechos 26:16-18), él dijo que Dios lo envió a los hijos de Israel, a las naciones (o sea los gentiles) y a los reyes de la tierra. Así que nosotros oramos por los reyes de la tierra, o sea, en los que están en autoridad; por los gentiles (los perdidos, las naciones), por la iglesia y los hijos de Israel, veinticuatro horas todos los días. Y algo interesante es que Dios nos mandó a orar por una nación diferente cada día del año. Así que oramos por trescientas sesenta y cinco naciones. Por eso es nuestro énfasis en la adoración y en el sacerdocio, el sacerdocio personal, el familiar, el congregacional. Y Dios nos ha hablado mucho en nuestras enseñanzas de la ofrenda, de lo que agrada a Dios y de lo que es el altar y la adoración.  Vemos que los apóstoles fueron muy sabios, cuando la iglesia creció y hubo aquel conflicto por causa de la distribución diaria, porque ciertas viudas se sentían desentendidas. Ellos dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas” (Hechos 6:2 R60). Ellos tuvieron la visión que la iglesia de hoy ha perdido, en general, y es que nunca se sacrifica el propósito, el cual es la oración y la palabra, eso es nuestro sacerdocio. La oración y la palabra es lo más importante. Ministrar al Señor en nuestro sacerdocio personal, y la predicación de la palabra constituyen los oficios más relevantes asignados a la iglesia.

Impacto del ministerio en la ciudad

En el año 1995, un año después que Dios nos establece y “cruzamos el Jordán, a través de tres profetas, Dios le dijo a Radhamés que lo iba a llevar a la ciudad, o sea, a ministrar al área local en New York. Aunque él ya estaba en un programa radial, por más de diez años, en los cuales pasó de emisoras seculares a una emisora cristiana en el área local. Pero Dios le dijo que lo iba a sacar de allí para enviarlo, primeramente a la ciudad. En septiembre del 1995, un mes después que celebramos la fiesta, Dios nos envió y comenzó un avivamiento en aquella emisora. Como había de esperarse, hubo un proceso de Dios con esa emisora, y usó a algunos hombres en la ciudad, y nosotros entramos a ese mover. Y así como Dios que estaba tratando a nivel de ciudad con ciertos hombres, estaba tratando con nosotros simultáneamente. Pero luego juntó las dos cosas, y nos unió con esos ministros con quienes Dios estaba trabajando en un proceso, parecido, muy similar al nuestro. Y cuando nos juntamos, naturalmente, cada uno dio lo que recibió de Dios.

Nosotros aportamos el aspecto profético, el aspecto en el que Dios nos hizo fuertes, en la visión del Reino de Dios. En esa emisora, Dios estaba usando a un siervo en una programación diaria, llamado segmento de adoración, y cuando llegamos nosotros predicando media hora el mensaje del reino, aquel siervo de Dios se nos acercó y le dijo la pastor: «Radhamés, yo siento que tú ocupes mi tiempo». Y el tiempo de él era una hora y media, más nuestra media hora, eran dos horas. Y el pastor sin estar prácticamente preparado, porque fue a predicar media hora, tuvo que predicar dos. En esa ocasión, él recuerda que habló acerca de la naturaleza del Reino de Dios, y aquello fue un impacto tan grande, que pastores comenzaron a llamar a la estación. Cuando regresó el martes siguiente a su programación de media hora, el siervo nuevamente le dijo que sentía que debía tomar su lugar, y así lo hizo por varias semanas. Al final le dijo a Radhamés que se quedara con su programación de hora y media los martes. Dios lo usaba a aquel varón, y fluía en una manera muy hermosa, muy poderosa, y Dios usaba a Radhamés en el aspecto profético, estableciendo así dos aspectos en aquel segmento de adoración.

Como Dios nos ha hecho tanto énfasis en ese aspecto de la adoración, había un fluir muy lindo, al que se unieron también otros siervos de Dios. Por lo que era notable que en aquella emisora hubiera una experiencia poderosísima del Espíritu, lo que Radhamés llamó un avivamiento en la ciudad. De esa manera entramos y Dios lo usó de una manera poderosa en el aspecto profético en la ciudad, con una precisión y una exactitud increíbles. Su programación totalmente espontánea, estaba llena de palabras de ciencia y de sabiduría; cosas que hasta él mismo se asombraba de las joyas que salían de su boca. Su audiencia era general, pero primeramente pastores que escuchaban la palabra. La manera que Dios lo usó, como también usaba a otros, pero en el aspecto profético, fue algo que impactó a la iglesia hispana de la ciudad, y hubo una impartición que todavía prevalece. Indudablemente que ya no fuimos los mismo después de aquel tiempo.

En medio de aquel mover, los líderes de la emisora aprovecharon el momento para comprar la emisora, pero después vieron el mover de Dios como una amenaza, por lo que el Señor nos sacó de allí. Él nos dijo que saliéramos, y salimos el grupo de pastores hasta el día de hoy. No obstante, Dios no ha acallado su voz, y a través de los medios que nos ha provisto continuamos impactando a la iglesia de la ciudad, seguimos levantando un altar de adoración a Dios.

¿Sueño Cumplido?

«Todavía no», es la respuesta del pastor Juan Radhamés Fernández al cumplimiento de aquel ideal que en sus comienzos tenía en su corazón, en cuanto a la iglesia que le pedía a Dios. Estas fueron sus palabras:

«Hasta que no lleguemos a la glorificación y termine la santificación no ha terminado el sueño. Creo que entre más uno se acerca a Dios, entre más uno conoce a Dios, más insatisfechos nos sentimos. Hasta que no llegue lo eterno y se vaya lo que es en parte y lleguemos a la plenitud en la glorificación, y termine el proceso de la santificación, no vamos a estar satisfechos. Y eso lo digo con toda honestidad. Hay una insatisfacción muy grande conmigo mismo, con nuestra iglesia, con el resto del cuerpo. Creo que no hemos llegado a ese nivel. No hemos logrado satisfacer a Dios en cuanto al propósito, porque a Dios solamente lo satisfizo Cristo.

»Nosotros no hemos dado el estándar como iglesia, tampoco el resto del cuerpo. Pero Dios tiene un remanente en el mundo. Dios tiene dentro del cuerpo un remanente fiel. Antes yo los llamaba los hijos del Reino, pero después de una revelación, los llamo hijos amados, aquellos que agradan al Padre, como lo hizo Jesús. Dios nos ha revelado que existe una diferencia entre “amado hijo” e “hijo amado”. “Amados hijos” son todos los creyentes, pero “hijos amados” son los que viven como Jesús, para agradar al Padre. Los que viven la visión de agradar a Dios son realmente muy pocos. Naturalmente que no iremos al cielo porque nosotros hemos a gradado a Dios, sino porque Cristo ya lo agradó. Pero si somos santificados y vivimos el propósito, haremos feliz a Dios».