“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo.
De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor”-  
1 Juan 4:18 R60

No hay un ser humano en la tierra que no haya experimentado una decepción amorosa, la amargura del rechazo, el zarpazo del odio, la crueldad de la envidia o el dolor de una traición. Así vemos padres que rechazan a sus hijos, hijos que odian a sus padres, amistades desleales, matrimonios adúlteros e interesados, relaciones falsas y mal motivadas, egoísmo, egocentrismo y desamor. Pareciera que encontrar un amor fiel, leal, íntegro, sacrificado, desinteresado fuese algo extraño en cualquier escala de este mundo. Por eso hay quienes han cerrado las puertas de su corazón a toda relación afectiva, una manera de asegurar que sus sentimientos no sean heridos ni burlados. Sin embargo, en nuestro fuero interno seguimos buscando y anhelando “el amor verdadero”. Lucha inútil, porque el ser humano no conoce el amor que lo complementa, sino el sentimiento natural que lo une a otra persona, generalmente perecedero, condicional y limitado. Tememos amar, entregarnos, mas solo experimentado el perfecto amor es que podremos decir que amamos y somos amados verdaderamente. La palabra traducida como perfecto es el término griego teleioõ, teleios, que denota a algo que es «pleno, completo, perfecto», es decir, maduro, que no hay que añadirle nada. Y el término ágape que se traduce como amor, se refiere al amor divino. El amor verdadero no es otro que el perfecto amor de Dios. Para poder amar y ser amado de la manera que llene el vacío de nuestro corazón, debemos amar como ama y nos ama Dios.

Mas, ¿cómo es el perfecto amor? ¿Cómo podemos identificarlo? El perfecto amor solo podemos conocerlo a través de las acciones que provoca, porque: “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser…” (1Co 13:4-8). Por tanto, el perfecto amor se refiere más que a un sentimiento a una acción a favor de los demás. Ese amor es la misma esencia de Dios, porque Dios es amor (1 Juan 4:8). El perfecto amor no se impulsa por sentimiento ni se inclina por alguna excelencia o afinidad con el que se ama, sino que surge de una acción deliberada del mismo corazón de un Dios santo hacia hombres pecadores (Rom 5:8); de un Dios benévolo a favor de hombres malos que eran sus enemigos (Rom 5:10); de un Dios que viendo nuestra imposibilidad tomó nuestro lugar y se dio a sí mismo por nosotros (Gálatas 1:4). Podemos amar a nuestros padres, hermanos, amigos, conyugues e hijos con mucha intensidad, pero solo lo amaremos verdaderamente cuando lo amemos con el amor de Dios y a través de Dios. Con el amor que el ser humano pueda dar nos sentiremos apreciados, pero cuando somos amados con el amor de Dios nos sentiremos plenos.

Una vez leí que alguien muy intrigado, le dijo a un anciano ministro que consideraba una declaración muy extraña: “a Jacob amé, mas a Esaú aborrecí”. «—Muy extraña —replicó el ministro—, pero dígame, ¿qué es lo que en ella le parece más extraño? –Oh- replicó el caballero -, eso de que aborreció a Esaú. —Vea usted —respondió el ministro—, cómo son las cosas, y cuán diferentemente estamos constituidos. Lo que a mí me parece más extraño es que haya podido amar a Jacob. No hay misterio más glorioso que el del amor de Dios». Sí, el amor de Dios es incomprensible e inconmovible. Y nosotros como aquel simple, nos concentramos en el rechazo a Esaú. «¡Wao! Un Dios que dice que es amor y mira, aborreció, odió a Esaú y prefirió a Jacob. ¡Qué injusticia! Dios tiene preferencias…» Estamos tan heridos, hemos sido tan apaleados que nos identificamos más con el rechazado que con el elegido, pues secretamente nos vemos en él. En el transcurso de nuestra vida hemos sufrido tanto, que es más fácil creer en el odio de Dios que en su amor; en el castigo de Dios que en su perdón; en la condenación más que en su salvación.

Pero tengo algo que decirte mi amado amigo/a, hermano/a: Dios te ama. Sí, Dios te ama. ¿Me escuchas? ¡Dios te ama! Y con su perfecto amor te conoció antes de la fundación del mundo, y te predestinó en su amor para que seas su hijo por medio de la fe en Jesucristo (Efesios 1:5). Sí, Dios te ama a pesar de que no tengas ningún mérito ante sus ojos y estabas en la misma condenación de aquellos que se pierden. Dios te ama y derramó su amor en tu corazón, para que le puedas amar con la misma devoción y entrega. Dios te ama y nada te separará de su amor. Su amor es firme, fiel, profundo, inmenso, tanto que es difícil entender el gran amor de Dios, porque excede a todo conocimiento (Efesios 3:17-19). Ahora tenemos fe en Dios y esperanza en la vida venidera, pero lo más importante es el amor (1Co 13:13). El amor es mayor que la fe y la esperanza, y al final es lo único que permanecerá, por eso fuimos engendrados por amor, predestinado a esta salvación tan grande por amor, y viviremos eternamente en amor. Por lo cual es necesario que seamos perfeccionados en el amor de Dios. En la 1 Epístola del apóstol Juan encontramos cuatro aspectos en los que se muestra cómo el amor de Dios se perfecciona en nosotros:

I. GUARDANDO SU PALABRA: “… pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él” (1Jn 2:5 R60). Guardar su palabra es obedecerla, pues solo así andaremos como él anduvo: amando, perdonando, sirviendo y obedeciendo para la gloria de Su nombre. Cuando guardamos sus mandamientos mostramos que le amamos (Juan 14:21-24). Y esa obediencia a sus mandamientos debe ser resultado del amor, pues de otra manera no sería obediencia, sino un mero cumplimiento. La obediencia que agrada a Dios proviene del amor, solo así habrá fruto y no obras.

II. AMÁNDONOS UNOS A OTROS: “Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros” (1Jn 4:12 R60). El amor no es un sentimiento, sino una acción a favor de y a pesar de. Cuando nosotros nos amamos unos a otros es que mostramos que Dios mora en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros. El termómetro que mide la intensidad de tu amor a Dios es el amor a tu hermano, y solo podrás amar a los demás cuando el amor de Dios more en tu corazón. Por lo cual, no hay manera de que ames a Dios y no a tu hermano, porque eso muestra que eres un mentiroso, pues no hay amor en ti. Amemos a Dios amando a nuestros hermanos.

III. CONFIANDO EN DIOS: “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo” (1Jn 4:17 R60). Es decir, que debemos estar confiados en que nosotros permanecemos en Dios y en Dios en nosotros, para cuando llegue el día del juicio no huyamos con temor. Por eso es necesario que seamos perfeccionados en el amor, porque solo así podremos vivir confiados en este mundo esperando el cumplimiento de su promesa. La confianza en que nos ha hecho nuevas criaturas, que hemos nacido de nuevo, nos da el gozo de su salvación, y es un arma poderosa contra la duda e incredulidad en este mundo.

IV. NO TEMIENDO, SINO AMANDO: “En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor” (1Jn 4:18 R60). El temor nos aleja del amor. El que teme a Dios no se acerca ni se entrega, por tanto, no puede amar, porque el amor deviene en una relación. Donde no hay amor no hay paz, porque el miedo nos paraliza, nos atormenta. El que ama no teme, sino que echa fuera todo temor, pues de otra manera no podría actuar a favor de los demás. Debemos venir a Dios confiadamente, porque no solo nos amó, sino que nos demostró su amor entregando a su Hijo por nosotros (Juan 3:16). Debemos vivir confiados en la obra sustituta vicaria de Cristo, para cuando llegue el día de su segunda venida, corramos a su encuentro gozosos, sabiendo que vamos a los brazos de Aquél que nos amó primero (v. 19).

Amados, el reino de los cielos es un reino de amor, porque se sirve en amor, se obedece en amor y se vive en amor. Nuestro Señor Jesucristo vino y dio su vida por nosotros porque el amor de Dios le dio la fuerza para hacerlo, y Dios a su vez lo amó por su supremo sacrificio (Juan 10:17). El amor no es algo endeble, sino algo fuerte, poderoso, capaz de cualquier sacrificio. La única manera que seremos perfeccionados en el amor es amando. Ese fue el nuevo mandamiento que Jesús nos dio (“Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” – Juan 13:34 R60), y es también la señal que nos identifica como cristianos, el amor. No nos pase como aquellos dos borrachos que una noche se subieron a un bote para pasar al otro lado, y remaban y remaban, pero no podían avanzar. El lugar adonde se dirigían les tomaría 15 minutos, pero ya habían pasado varias horas y no llegaban ni siquiera cerca. Entonces uno de ellos dijo: —Yo creo que este bote está embrujado. A lo que el otro contestó: —Me temo que los que están embrujados somos nosotros dos. Lo decía por todo el alcohol que habían ingerido, pero aun así siguieron remando fuertemente. En ese trabajo les amaneció, y uno de ellos que ya se le había pasado la borrachera, miró hacia el agua y gritó: —¡Caramba, mi amigo, nunca levaste el ancha! Estos hombres se habían amanecido remando, pero se olvidaron levar el ancla.

La historia me pareció graciosa y sé que muchos se reirán al ver la insensatez de aquellos dos, pero ahora podrán entender el significado de mis palabras. Puede que muchos de nosotros estemos remando sin cesar con nuestras oraciones, sudando haciendo nuestras buenas obras, remando con nuestro servicio en la iglesia, paleando con nuestros ministerios, bogando con nuestra asistencia impecable a la iglesia, halando con nuestra lectura bíblica, pero como esos dos borrachos, no hemos levado el ancla del amor. Sin amor nada de lo que hacemos vale la pena ni tiene sentido, pues para Dios eso simplemente no significa nada. El amor debe ser el motor de nuestras motivaciones, la llama de nuestros sentimientos y el brazo que nos acerca y mantiene en Dios. Ama a Dios y a tus hermanos para que el fruto del amor sea visto en tu vida y puedas amar al alma del perdido e incluso a tus enemigos. Ruego a Dios que esto se cumpla en mi vida y en la tuya para gloria de Su nombre, amén.

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