Y he aquí, había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume – Lucas 7:37-38

 

¿Cuántos nos hemos sentido mal por algo que hemos dicho o hecho? ¿Cuántos nos gustaría si pudiéramos rehacer un momento, borrar una experiencia pasada? ¿Cuántos de nosotros, después de haber conocido la benignidad de Dios, hemos dicho: «Señor, ¿por qué no te me revelaste antes?», pensando en la vida vacía y disoluta que llevábamos. A veces la culpabilidad nos hace caer en esclavos de nuestro sentimientos o presa del enemigo que nos acusa. Y estamos sufriendo la vergüenza del pecado, de nuestros errores, soportando la acusación del enemigo que viene a ti de muchas maneras: a través del rechazo de los que antes se decían tus amigos, la murmuración, y sobre todo la propia conciencia. Y se nos olvida que Dios, está ahí, caminando con nosotros, parado en la ventana de nuestra vida, viendo todo y esperando el momento para intervenir. Y en lugar de condenarte, te perdona, y también lo olvida.

 Sin embargo, no podemos entender la grandeza del perdón de Dios, si no entendemos la trascendencia de nuestro pecado. El salmista declaró: “¡Cuán bienaventurado es aquél cuya transgresión es perdonada, Cuyo pecado es cubierto! ¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño!” – Salmos 32:1-2. Nota que el salmista usa tres palabras para referirse al pecado: “Transgresión”, “pecado” e “iniquidad”. La palabra “transgresión” significa liberarse o separarse de Dios, que también se traduce como rebelión. “Pecado” significa errar al blanco, hacer algo que no agrada a Dios o fuera de su voluntad. “Iniquidad” significa perversión o maldad. Pero también usa tres palabras para hablar del perdón: “Perdonado” que significa levantado. “Cubierto” que significa oculto o invisible. Y “no imputado” significa borrado o no grabado. ¡Esto es grandioso! ¡Hay restauración en Dios para todo aquel que cree y le busca! Y me llama la atención que cada una de esas palabras relacionadas con el pecado, en su vocablo original, en hebreo, significan también “ofrenda”, porque los sacrificios y holocaustos por el pecado son una ofrenda que busca el perdón de Dios. Y yo entiendo entonces, que nuestro pecado lleva en sí la ofrenda del perdón. Cristo se hizo pecado y también fue la ofrenda por nuestros pecados. Por eso Cristo es la propiciación por nuestros pecados, de manera que su muerte es la ofrenda que perdona nuestra transgresión, cubre nuestro pecado y borra nuestra iniquidad. Por eso, cuando entendemos la implicación de nuestro pecado, podemos recibir y entender la transcendencia del perdón, porque El pecado nos aleja de Dios, pero también nos acerca.

Los versículos temas, no hablan de esta verdad. Pero, primeramente, veamos el contexto histórico de estos versículos, para entender esta hermosa enseñanza. La palabra dice: “Uno de los fariseos le pedía que comiera con él; y entrando en la casa del fariseo, se sentó a la mesa” (Lucas 7:36). En algunas versiones dice que él le rogaba, no porque supiera quién era Jesús, sino que su intención era para examinarlo, para humillarlo frente a los demás. La palabra “fariseo” viene de la palabra aramea peres que significa dividido, separado. Esta secta, empezó como hombres piadosos que querían mantenerse puros, pero ese celo los llevó a convertirse en hipócritas religiosos que deificaron la ley mosaica. Ellos se sentían mejores que los demás y apreciaban más la manifestación externa del mandamiento que el Espíritu de la ley.  Su énfasis eran las formas más que en la rectitud de las acciones. Ellos criticaban en todo a Jesús, sin embargo, lo reconocían como un maestro. En ese tiempo, cuando se invita a alguien a la casa, era una oportunidad para tener debates sobre temas religiosos. Por eso no es extraño que permitiera que esa mujer, conocida como pecadora en la ciudad, entrara bajo su techo. La gente iba, y entraba a las casas, pero se mantenía detrás viendo y escuchando.

En tiempos antiguos no había una mesa como la que usamos ahora, sino que las personas se recostaban a comer, o se hincaban de rodillas. En el original que se traduce como “se sentó a la mesa” es la palabra anaklino, que sígnica acostarse, reclinarse. Y reclinado allí Jesús, entró aquella mujer compungida hasta las lágrimas. Es bueno aclararles que este incidente solo fue registrado en Lucas, y no en los otros evangelios sinópticos (Mateo y Marcos). Lucas especifica que ella era una mujer pecadora de esa ciudad, y no da su nombre, pero no era ni María Magdalena ni María la hermana de Lázaro, de quienes también se registra ungieron al Señor. Este es un incidente aislado. Pero en esta cena hay varios personajes: está el Señor, el anfitrión, que es el fariseo, la mujer de la ciudad, y aquellos que fueron a ver.

Para seguir en el orden de la narración veamos primero a la mujer. “Y he aquí, había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume” (Lucas 7:37-38). La Palabra dice que ella oyó que Jesús estaba en aquel lugar. De alguna manera esta mujer ya había tenido un encuentro con el Señor, y tenía una revelación de Jesús, pues solo aquel que reconoce a Cristo como Dios, Señor y Salvador, puede postrarse a sus pies (Jn. 8:24). Solamente el que reconoce a Jesús puede recibir perdón de pecados; en él hay poder para perdonar. Es posible que ella había oído el mensaje del reino, con las buenas nuevas de salvación; de alguna manera esta mujer había oído el sermón del monte y lo que Dios pensaba sobre juzgar a los demás, amar a los enemigos, orar por los que te ultrajan y persiguen. Esa mujer se le habían abiertos los oídos y pudo entender que en Dios hay perdón, que en Dios hay restauración, hay misericordia, hay amor, y lo creyó.

Dicen algunas traducciones que ella era reconocida como pecadora en esa ciudad, no necesariamente debía ser prostituta, pero todos sabían que llevaba una vida fuera de la voluntad de Dios. En nuestro lenguaje de hoy, diríamos, una libertina, una mundana. Me imagino que cuando caminaba por las calles, se volteaban a mirarla, y murmuraban y la condenaban, pero ella había encontrado a alguien que le mostró el amor de Dios; alguien recto, pero amoroso, justo, pero no acusador. Entonces, corrió, me imagino que llegó a su casa, y buscó aquel frasco, fino, costoso, que contenía aquel perfume de gran valor… Quizás lo había guardado por años para cuando se casara, ungirse y ungir al amado de su corazón, y al fin había llegado, alguien que la miraba con compasión, con misericordia, con amor. A ese hombre, ella tenía que mostrarle su amor, su agradecimiento. Me imagino que volteó toda la casa, mientras lloraba de felicidad, y cuando encontró el frasco de alabastro corrió a su encuentro.

Al llegar a la casa del fariseo, encontró a Jesús reclinado, y ella se arrojó a sus pies, llorando. Y quiero llamar tu atención a la actitud de aquella mujer. Ella no pensó dónde estaba, ni los que los demás hacían, ella solo vio que Jesús estaba allí y su corazón en él. A veces nosotros nos cohibimos de adorar en libertad a Dios, por el qué dirán, pero cuando el objeto de nuestra adoración llena todo nuestro corazón, no nos importa nada. Ahora nota lo que hizo: y dice en el verso 38: “comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume”. El acto de estar a sus pies representa sujeción, humillación, adoración, pero sobre todo amor. Los pies son un tipo de nuestra humanidad, pero también representan santidad de Dios, como en el hombre su humanidad (Exo 3:5). Los pies de Jesús simbolizan la fuente y el lugar de la gracia de Dios, por eso los que se reconocen pecadores vienen a los pies de Jesús. También a sus pies se sientan aquellos que quieren aprender de Él. Pero una cosa es estar a sus pies y otra debajo de sus pies. Los adoradores vienen a sus pies, porque los pies de Dios simbolizan su majestuosa presencia. Pero aquellos que son derrotados y enemigos del reino están bajo los pies Jesucristo

Ahora pensemos en el llanto de aquella mujer. Se llora de dolor y se llora de alegría. Las lágrimas representan nuestra fragilidad, por eso para Dios tienen tanto valor. Dice que Él las guarda en una redoma; nuestras lágrimas lo conmueven, especialmente aquellas que son resultado de una injusticia, de reconocimiento de falta, de nuestra imposibilidad. Por otro lado, el cabello largo representa gloria en la mujer, pero llevarlo suelto, en ese tiempo era una deshonra. Pero a ella no le importó cargar esa ignominia, y como David se hizo más vil, con tal de mostrar su rendición a Dios, su devoción al Señor, como los esclavos que acostumbraban seca los pies de sus dueños con sus cabellos. Una actitud de rendición total.

También dice que ella besaba sus pies. Un beso es el término griego filema. En ese tiempo era una característica cristiana besar a sus hermanos (el ósculo santo que habló el apóstol Pablo), como muestra de afecto sincero. El origen de esa palabra, philema, proviene de fileo que es amar fraternalmente, sinceramente a los hermanos. Pero en este relato se usa el verbo kataphileo, kata intenso, fileo amor, una acción que mide la intensidad del sentimiento. Es decir, no fue un simple beso el que ella le dio a Jesús, sino que lo besó ardientemente, intensamente; es dar un beso, y otro beso, y otro beso y otro beso. Un beso, en sentido figurado, muestra respeto, devoción y sumisión, como dice en el Salmos 2:12 “… besad al hijo para que no se enoje”. Y la palabra hebrea aquí es nashak, que se traduce como honrar, unirse, apegarse, gobernar junto, besar. También con un beso se transmitía carácter, dignidad (Abraham con sus hijos, Samuel con David). En el caso de esta mujer, ella con sus besos le decía: «Te amo, te respeto, tú eres mi Rey, eres mi Señor, yo me rindo a ti».

Y por último, dice que ella los ungía con perfume. Ungir es consagrar, es separar, dedicar. El perfume era de mirra (heb murón), que figuradamente nos habla de las gracias del Mesías. En Cristo hay gracia, hay favor de Dios. Hermosos son los pies de los que anuncian la paz, las buenas nuevas del Señor. En Cristo recibimos gracia, perdón, misericordia de Dios. Nosotros somos grandes pecadores, pero Dios es un gran Salvador. ¡Aleluya!

Mirar esta escena enternece, inspira a la devoción. Sin embargo, mira como el fariseo la vio: “Pero al ver esto el fariseo que le había invitado, dijo para sí: Si éste fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora” (Lucas 7:39). El fariseo la vio como a una pecadora, inmunda, y a Jesús como a un cualquiera. Y mira lo que pasó: Y respondiendo Jesús, le dijo: Simón, tengo algo que decirte: Y él dijo: Di, Maestro. Cierto prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta;  y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos, entonces, le amará más? Simón respondió, y dijo: Supongo que aquel a quien le perdonó más. Y Jesús le dijo: Has juzgado correctamente. Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para los pies, pero ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados han sido perdonados” (Lucas 7:40-48)

Es curioso que el nombre Simón significa “examinador” “oír”. Nosotros, como el fariseo, miramos a los demás y ya creemos que los conocemos, que sabemos quiénes son, y los condenamos. Sin embargo, Dios que sí conoce nuestros corazones, no nos desprecia, no porque seamos buenos, sino porque nos ama y por eso nos perdona. Mas, cuando Jesús le dijo “¿Ves esta mujer?”, la palabra que usó para “ver”, no fue ver (gr. eido) con los ojos, como veía Simón, sino (gr. blepo) percibir con la mente, ir más allá de un conocimiento exterior, mirar como mira Dios. Para poder llevarlo a esa perspectiva, usó la ilustración de los dos deudores. Mas, la diferencia de estos dos casos no radica en la deuda en sí, sino en que los dos son deudores. Los dos estaban bajo la misma condenación. El problema aquí es de conciencia, en cómo nos percibimos y percibimos a los demás, sin tomar en cuenta que todos somos deudores delante de Dios. Todos somos deudores, y no podemos pagar esa deuda, por eso la salación es gratis, no porque no vale nada, pues a Dios le costó todo, sino porque no podemos pagarla.

La enseñanza principal aquí tampoco no es que cuando pecamos más amamos más, no, no, no. Es como decir: hagamos males para que nos venga vienes, de ninguna manera. El amor NO radica en el pecado, sino en el perdón.  Es el perdón de Dios lo que la hizo a ella amar mucho, y no lo contrario. Esta mujer vino a Jesús no tanto para recibir perdón, sino para reciprocar el amor por el perdón recibido, porque estaba arrepentida, y reconocía que en Dios había amor, perdón. Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. Para amar mucho a Dios no tenemos que pecar mucho, no es el punto, es apreciar y reconocer lo que él es. La actitud de esta mujer nos recuerda que el verdadero amor y la sincera devoción por Cristo deben proceder de una plena conciencia de la gravedad de los pecados del pasado y el amor de Dios manifestado en su perdón.

Simón amaba tan poco, que ni siquiera mostró las reglas de hospitalidad que se usaban en aquel tiempo de lavar los pies de los invitados, darle un beso, y también ungirlos. En el trato que tenemos con las personas es que mostramos nuestros afectos. Por ejemplo, si alguien llega a tu casa y estás viendo la TV, dices: «Oh, wao, tú por aquí, qué milagro, ven siéntate…» y sigues mirando la programación. Obviamente es como si nadie hubiese llegado a visitarte. Pero si es alguien que realmente te importa, inmediatamente apagas la TV, le saludas con afecto, y llamas a los familiares a darle la bienvenida. En el caso de Abraham, cuando reconoció que aquellos varones con el Señor pasaban por su tienda, dice la palabra que salió corriendo de su tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: “Señor, si ahora he hallado gracia en tus ojos, te ruego que no pases de tu siervo” (Gen. 18:3). Podemos honrar a Dios con nuestras palabras, y decir que le amamos, pero nuestro corazón estar muy lejos de él (Mar 7:6). Solo reconociendo cuánto hemos pecado (no en el sentido cuantitativo, sino cualitativo) podremos estar a sus pies.

Finalmente, dice: Los que estaban sentados a la mesa con Él comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?” (Lucas 7:49). Estos hombres, como Simón, estaban sentados con el Señor, pero su actitud era juzgar, mirar cómo recibe, cómo piensa, cómo es. Así muchos de nosotros vamos a la iglesia a mirar a los que nos rodean, a juzgar el sermón, a señalar, a condenar, pudiendo estar a sus pies delante de su Presencia. Ellos no vieron que el que estaba ahí era Emanuel, Dios con nosotros, porque su duro corazón no los dejó ver. Pero ella, que sí había recibido esa revelación, primeramente, reconoció a Jesucristo: 1. como Dios y Creador, mostrando un amor revente, cuando se postró a regar sus pies con sus lágrimas y secarlos con sus cabellos; 2. como Señor y Salvador, mostrando sometimiento a su autoridad, cuando besó intensamente sus pies; y 3. como Mesías y Rey al honrarlo cuando lo ungió con perfume.  Por lo cual, el Maestro le dijo: “Tu fe te ha salvado, vete en paz” (Lucas 7:50).

Hay un proverbio árabe que reza así: “Al cuello, lo dobla la espada; pero al corazón, únicamente lo dobla otro corazón”. El amor de Dios es irresistible, inclinemos nuestro corazón para estar eternamente a sus pies, como aquella mujer, adorándolo, reconociéndolo, honrándolo. Que sea ese siempre nuestro deseo, estar siempre a sus pies, no como una forma externa, sino en la humillación interna de aquel, que impactado por su perdón, le ama y le adora de todo corazón. Amén.

Colaboración: Marítza Mateo

 

  1. 20 noviembre, 2017

    Hermosa enseñanza!

    • 22 noviembre, 2017

      Dios te bendiga amada hermana Martha, gracias por entrar a nuestra sitio y dejar tus comentarios. Rogamos al Señor que cada palabra sea de edificación para tu vida, y te lleve al corazón de la adoración a nuestro Dios.

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