﻿<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><rss version="2.0"
	xmlns:content="http://purl.org/rss/1.0/modules/content/"
	xmlns:wfw="http://wellformedweb.org/CommentAPI/"
	xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/"
	xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom"
	xmlns:sy="http://purl.org/rss/1.0/modules/syndication/"
	xmlns:slash="http://purl.org/rss/1.0/modules/slash/"
	>

<channel>
	<title>amor &#8211; El Amanecer de la Esperanza Ministry</title>
	<atom:link href="https://www.elamanecer.org/tag/amor/feed/" rel="self" type="application/rss+xml" />
	<link>https://www.elamanecer.org</link>
	<description>Cumpliendo el propósito profético de testificar el señorío de Cristo y la restauración de todas las cosas, siendo Dios el todo en todo.</description>
	<lastBuildDate>Wed, 31 Oct 2018 15:12:19 +0000</lastBuildDate>
	<language>en-US</language>
	<sy:updatePeriod>
	hourly	</sy:updatePeriod>
	<sy:updateFrequency>
	1	</sy:updateFrequency>
	<generator>https://wordpress.org/?v=7.1.3</generator>

<image>
	<url>https://www.elamanecer.org/wp-content/uploads/2023/01/cropped-U512Logo-min-32x32.png</url>
	<title>amor &#8211; El Amanecer de la Esperanza Ministry</title>
	<link>https://www.elamanecer.org</link>
	<width>32</width>
	<height>32</height>
</image> 
	<item>
		<title>El Perfecto Amor</title>
		<link>https://www.elamanecer.org/2018/02/el-perfecto-amor/</link>
					<comments>https://www.elamanecer.org/2018/02/el-perfecto-amor/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[El Amanecer de la Esperanza - MM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 14 Feb 2018 15:40:32 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[amor verdadero]]></category>
		<category><![CDATA[el amor de Dios]]></category>
		<category><![CDATA[el perfecto amor]]></category>
		<category><![CDATA[entrega]]></category>
		<category><![CDATA[sacrificio]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.elamanecer.org/?p=20593</guid>

					<description><![CDATA[“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor”-  1 Juan 4:18 R60 No hay un ser humano en la tierra que no haya experimentado una decepción amorosa, la amargura del...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<blockquote>
<p style="text-align: center;"><strong>“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo.<br />
De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor”-  </strong>1 Juan 4:18 R60</p>
</blockquote>
<p>No hay un ser humano en la tierra que no haya experimentado una decepción amorosa, la amargura del rechazo, el zarpazo del odio, la crueldad de la envidia o el dolor de una traición. Así vemos padres que rechazan a sus hijos, hijos que odian a sus padres, amistades desleales, matrimonios adúlteros e interesados, relaciones falsas y mal motivadas, egoísmo, egocentrismo y desamor. Pareciera que encontrar un amor fiel, leal, íntegro, sacrificado, desinteresado fuese algo extraño en cualquier escala de este mundo. Por eso hay quienes han cerrado las puertas de su corazón a toda relación afectiva, una manera de asegurar que sus sentimientos no sean heridos ni burlados. Sin embargo, en nuestro fuero interno seguimos buscando y anhelando “el amor verdadero”. Lucha inútil, porque el ser humano no conoce el amor que lo complementa, sino el sentimiento natural que lo une a otra persona, generalmente perecedero, condicional y limitado. Tememos amar, entregarnos, mas solo experimentado el perfecto amor es que podremos decir que amamos y somos amados verdaderamente. La palabra traducida como perfecto es el término griego <em>teleioõ, teleios,</em> que denota a algo que es «pleno, completo, perfecto», es decir, maduro, que no hay que añadirle nada. Y el término ágape que se traduce como amor, se refiere al amor divino. El amor verdadero no es otro que el perfecto amor de Dios. Para poder amar y ser amado de la manera que llene el vacío de nuestro corazón, debemos amar como ama y nos ama Dios.</p>
<p>Mas, ¿cómo es el perfecto amor? ¿Cómo podemos identificarlo? El perfecto amor solo podemos conocerlo a través de las acciones que provoca, porque: <em>“El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser…”</em> (1Co 13:4-8). Por tanto, el perfecto amor se refiere más que a un sentimiento a una acción a favor de los demás. Ese amor es la misma esencia de Dios, porque Dios es amor (1 Juan 4:8). El perfecto amor no se impulsa por sentimiento ni se inclina por alguna excelencia o afinidad con el que se ama, sino que surge de una acción deliberada del mismo corazón de un Dios santo hacia hombres pecadores (Rom 5:8); de un Dios benévolo a favor de hombres malos que eran sus enemigos (Rom 5:10); de un Dios que viendo nuestra imposibilidad tomó nuestro lugar y se dio a sí mismo por nosotros (Gálatas 1:4). Podemos amar a nuestros padres, hermanos, amigos, conyugues e hijos con mucha intensidad, pero solo lo amaremos verdaderamente cuando lo amemos con el amor de Dios y a través de Dios. Con el amor que el ser humano pueda dar nos sentiremos apreciados, pero cuando somos amados con el amor de Dios nos sentiremos plenos.</p>
<p>Una vez leí que alguien muy intrigado, le dijo a un anciano ministro que consideraba una declaración muy extraña: <em>“a Jacob amé, mas a Esaú aborrecí”</em>. «—Muy extraña —replicó el ministro—, pero dígame, ¿qué es lo que en ella le parece más extraño? –Oh- replicó el caballero -, eso de que aborreció a Esaú. —Vea usted —respondió el ministro—, cómo son las cosas, y cuán diferentemente estamos constituidos. Lo que a mí me parece más extraño es que haya podido amar a Jacob. No hay misterio más glorioso que el del amor de Dios». Sí, el amor de Dios es incomprensible e inconmovible. Y nosotros como aquel simple, nos concentramos en el rechazo a Esaú. «¡Wao! Un Dios que dice que es amor y mira, aborreció, odió a Esaú y prefirió a Jacob. ¡Qué injusticia! Dios tiene preferencias…» Estamos tan heridos, hemos sido tan apaleados que nos identificamos más con el rechazado que con el elegido, pues secretamente nos vemos en él. En el transcurso de nuestra vida hemos sufrido tanto, que es más fácil creer en el odio de Dios que en su amor; en el castigo de Dios que en su perdón; en la condenación más que en su salvación.</p>
<p>Pero tengo algo que decirte mi amado amigo/a, hermano/a: Dios te ama. Sí, Dios te ama. ¿Me escuchas? ¡Dios te ama! Y con su perfecto amor te conoció antes de la fundación del mundo, y te predestinó en su amor para que seas su hijo por medio de la fe en Jesucristo (Efesios 1:5). Sí, Dios te ama a pesar de que no tengas ningún mérito ante sus ojos y estabas en la misma condenación de aquellos que se pierden. Dios te ama y derramó su amor en tu corazón, para que le puedas amar con la misma devoción y entrega. Dios te ama y nada te separará de su amor. Su amor es firme, fiel, profundo, inmenso, tanto que es difícil entender el gran amor de Dios, porque excede a todo conocimiento (Efesios 3:17-19). Ahora tenemos fe en Dios y esperanza en la vida venidera, pero lo más importante es el amor (1Co 13:13). El amor es mayor que la fe y la esperanza, y al final es lo único que permanecerá, por eso fuimos engendrados por amor, predestinado a esta salvación tan grande por amor, y viviremos eternamente en amor. Por lo cual es necesario que seamos perfeccionados en el amor de Dios. En la 1 Epístola del apóstol Juan encontramos cuatro aspectos en los que se muestra cómo el amor de Dios se perfecciona en nosotros:</p>
<p>I. <strong>GUARDANDO SU PALABRA:</strong> <em>“… pero el que guarda su palabra, en éste verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él”</em> (1Jn 2:5 R60). Guardar su palabra es obedecerla, pues solo así andaremos como él anduvo: amando, perdonando, sirviendo y obedeciendo para la gloria de Su nombre. Cuando guardamos sus mandamientos mostramos que le amamos (Juan 14:21-24). Y esa obediencia a sus mandamientos debe ser resultado del amor, pues de otra manera no sería obediencia, sino un mero cumplimiento. La obediencia que agrada a Dios proviene del amor, solo así habrá fruto y no obras.</p>
<p>II. <strong>AMÁNDONOS UNOS A OTROS:</strong> <em>“Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros”</em> (1Jn 4:12 R60). El amor no es un sentimiento, sino una acción a favor de y a pesar de. Cuando nosotros nos amamos unos a otros es que mostramos que Dios mora en nosotros y su amor se ha perfeccionado en nosotros. El termómetro que mide la intensidad de tu amor a Dios es el amor a tu hermano, y solo podrás amar a los demás cuando el amor de Dios more en tu corazón. Por lo cual, no hay manera de que ames a Dios y no a tu hermano, porque eso muestra que eres un mentiroso, pues no hay amor en ti. Amemos a Dios amando a nuestros hermanos.</p>
<p>III. <strong>CONFIANDO EN DIOS:</strong> <em>“En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo”</em> (1Jn 4:17 R60). Es decir, que debemos estar confiados en que nosotros permanecemos en Dios y en Dios en nosotros, para cuando llegue el día del juicio no huyamos con temor. Por eso es necesario que seamos perfeccionados en el amor, porque solo así podremos vivir confiados en este mundo esperando el cumplimiento de su promesa. La confianza en que nos ha hecho nuevas criaturas, que hemos nacido de nuevo, nos da el gozo de su salvación, y es un arma poderosa contra la duda e incredulidad en este mundo.</p>
<p>IV. <strong>NO TEMIENDO, SINO AMANDO:</strong> <em>“En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor; porque el temor lleva en sí castigo. De donde el que teme, no ha sido perfeccionado en el amor”</em> (1Jn 4:18 R60). El temor nos aleja del amor. El que teme a Dios no se acerca ni se entrega, por tanto, no puede amar, porque el amor deviene en una relación. Donde no hay amor no hay paz, porque el miedo nos paraliza, nos atormenta. El que ama no teme, sino que echa fuera todo temor, pues de otra manera no podría actuar a favor de los demás. Debemos venir a Dios confiadamente, porque no solo nos amó, sino que nos demostró su amor entregando a su Hijo por nosotros (Juan 3:16). Debemos vivir confiados en la obra sustituta vicaria de Cristo, para cuando llegue el día de su segunda venida, corramos a su encuentro gozosos, sabiendo que vamos a los brazos de Aquél que nos amó primero (v. 19).</p>
<p>Amados, el reino de los cielos es un reino de amor, porque se sirve en amor, se obedece en amor y se vive en amor. Nuestro Señor Jesucristo vino y dio su vida por nosotros porque el amor de Dios le dio la fuerza para hacerlo, y Dios a su vez lo amó por su supremo sacrificio (Juan 10:17). El amor no es algo endeble, sino algo fuerte, poderoso, capaz de cualquier sacrificio. La única manera que seremos perfeccionados en el amor es amando. Ese fue el nuevo mandamiento que Jesús nos dio (<em>“Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros”</em> &#8211; Juan 13:34 R60), y es también la señal que nos identifica como cristianos, el amor. No nos pase como aquellos dos borrachos que una noche se subieron a un bote para pasar al otro lado, y remaban y remaban, pero no podían avanzar. El lugar adonde se dirigían les tomaría 15 minutos, pero ya habían pasado varias horas y no llegaban ni siquiera cerca. Entonces uno de ellos dijo: —Yo creo que este bote está embrujado. A lo que el otro contestó: —Me temo que los que están embrujados somos nosotros dos. Lo decía por todo el alcohol que habían ingerido, pero aun así siguieron remando fuertemente. En ese trabajo les amaneció, y uno de ellos que ya se le había pasado la borrachera, miró hacia el agua y gritó: —¡Caramba, mi amigo, nunca levaste el ancha! Estos hombres se habían amanecido remando, pero se olvidaron levar el ancla.</p>
<p>La historia me pareció graciosa y sé que muchos se reirán al ver la insensatez de aquellos dos, pero ahora podrán entender el significado de mis palabras. Puede que muchos de nosotros estemos remando sin cesar con nuestras oraciones, sudando haciendo nuestras buenas obras, remando con nuestro servicio en la iglesia, paleando con nuestros ministerios, bogando con nuestra asistencia impecable a la iglesia, halando con nuestra lectura bíblica, pero como esos dos borrachos, no hemos levado el ancla del amor. Sin amor nada de lo que hacemos vale la pena ni tiene sentido, pues para Dios eso simplemente no significa nada. El amor debe ser el motor de nuestras motivaciones, la llama de nuestros sentimientos y el brazo que nos acerca y mantiene en Dios. Ama a Dios y a tus hermanos para que el fruto del amor sea visto en tu vida y puedas amar al alma del perdido e incluso a tus enemigos. Ruego a Dios que esto se cumpla en mi vida y en la tuya para gloria de Su nombre, amén.</p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://www.elamanecer.org/2018/02/el-perfecto-amor/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>3</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>A Sus Pies&#8230;</title>
		<link>https://www.elamanecer.org/2017/11/a-sus-pies/</link>
					<comments>https://www.elamanecer.org/2017/11/a-sus-pies/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[El Amanecer de la Esperanza - MM]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 20 Nov 2017 16:04:53 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[a sus pies]]></category>
		<category><![CDATA[Adoracion]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[perdon]]></category>
		<category><![CDATA[reconocimiento]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.elamanecer.org/?p=19532</guid>

					<description><![CDATA[“ Y he aquí, había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="row "><div class="wpv-grid grid-1-1  wpv-first-level first unextended" style="padding-top:0px;padding-bottom:0px" id="wpv-column-d569fce4b8e5236137efb3eaeebb61ff" ><p><em><strong>“</strong></em><strong><em> Y he aquí, había en la ciudad una mujer que era pecadora, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él a sus pies, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume</em><em>”</em></strong> &#8211; Lucas 7:37-38</p>
<p><strong> </strong></p>
<p>¿Cuántos nos hemos sentido mal por algo que hemos dicho o hecho? ¿Cuántos nos gustaría si pudiéramos rehacer un momento, borrar una experiencia pasada? ¿Cuántos de nosotros, después de haber conocido la benignidad de Dios, hemos dicho: «Señor, ¿por qué no te me revelaste antes?», pensando en la vida vacía y disoluta que llevábamos. A veces la culpabilidad nos hace caer en esclavos de nuestro sentimientos o presa del enemigo que nos acusa. Y estamos sufriendo la vergüenza del pecado, de nuestros errores, soportando la acusación del enemigo que viene a ti de muchas maneras: a través del rechazo de los que antes se decían tus amigos, la murmuración, y sobre todo la propia conciencia. Y se nos olvida que Dios, está ahí, caminando con nosotros, parado en la ventana de nuestra vida, viendo todo y esperando el momento para intervenir. Y en lugar de condenarte, te perdona, y también lo olvida.</p>
<p><em> </em>Sin embargo, <strong>no podemos entender la grandeza del perdón de Dios, si no entendemos la trascendencia de nuestro pecado</strong><u>.</u> El salmista declaró: <em>“¡Cuán bienaventurado es aquél cuya transgresión es perdonada, Cuyo pecado es cubierto! ¡Cuán bienaventurado es el hombre a quien el Señor no culpa de iniquidad, Y en cuyo espíritu no hay engaño!”</em> &#8211; Salmos 32:1-2. Nota que el salmista usa tres palabras para referirse al pecado: &#8220;Transgresión&#8221;, “pecado” e “iniquidad”. La palabra “transgresión” significa liberarse o separarse de Dios, que también se traduce como rebelión. &#8220;Pecado&#8221; significa errar al blanco, hacer algo que no agrada a Dios o fuera de su voluntad. &#8220;Iniquidad&#8221; significa perversión o maldad. Pero también usa tres palabras para hablar del perdón: &#8220;Perdonado&#8221; que significa levantado. &#8220;Cubierto&#8221; que significa oculto o invisible. Y &#8220;no imputado&#8221; significa borrado o no grabado. ¡Esto es grandioso! ¡Hay restauración en Dios para todo aquel que cree y le busca! Y me llama la atención que cada una de esas palabras relacionadas con el pecado, en su vocablo original, en hebreo, significan también “ofrenda”, porque los sacrificios y holocaustos por el pecado son una ofrenda que busca el perdón de Dios. Y yo entiendo entonces, que nuestro pecado lleva en sí la ofrenda del perdón. Cristo se hizo pecado y también fue la ofrenda por nuestros pecados. Por eso Cristo es la propiciación por nuestros pecados, de manera que su muerte es la ofrenda que perdona nuestra transgresión, cubre nuestro pecado y borra nuestra iniquidad. Por lo cual, cuando entendemos la implicación de nuestro pecado, podemos recibir y entender la transcendencia del perdón, porque <strong>El pecado nos aleja de Dios, pero también nos acerca.</strong></p>
<p>Los versículos temas, nos hablan de esta verdad. Primeramente, veamos el contexto histórico de estos versículos, para entender esta hermosa enseñanza. La palabra dice: <em>“Uno de los fariseos le pedía que comiera con él; y entrando en la casa del fariseo, <u>se sentó</u> a la mesa”</em> (Lucas 7:36). En algunas versiones dice que él le rogaba, no porque supiera quién era Jesús, sino que su intención era para examinarlo, para humillarlo frente a los demás. La palabra “fariseo” viene de la palabra aramea <em>peres </em>que significa dividido, separado. Esta secta, empezó como hombres piadosos que querían mantenerse puros, pero ese celo los llevó a convertirse en hipócritas religiosos que deificaron la ley mosaica. Ellos se sentían mejores que los demás y apreciaban más la manifestación externa del mandamiento que el Espíritu de la ley.  Su énfasis eran las formas más que en la rectitud de las acciones. Ellos criticaban en todo a Jesús, sin embargo, lo reconocían como un maestro. En ese tiempo, cuando se invita a alguien a la casa, era una oportunidad para tener debates sobre temas religiosos. Por eso no es extraño que permitiera que esa mujer, conocida como pecadora en la ciudad, entrara bajo su techo. La gente iba, y entraba a las casas, pero se mantenía detrás viendo y escuchando.</p>
<p>En tiempos antiguos no había una mesa como la que usamos ahora, sino que las personas se recostaban a comer, o se hincaban de rodillas. En el original que se traduce como “se sentó a la mesa” es la palabra <em>anaklino</em>, que sígnica acostarse, reclinarse. Y reclinado allí Jesús, entró aquella mujer compungida hasta las lágrimas. Es bueno aclararles que este incidente solo fue registrado en Lucas, y no en los otros evangelios sinópticos (Mateo y Marcos). Lucas especifica que ella era una mujer pecadora de esa ciudad, y no da su nombre, pero no era ni María Magdalena ni María la hermana de Lázaro, de quienes también se registra ungieron al Señor. Este es un incidente aislado. Pero en esta cena hay varios personajes: está el Señor, el anfitrión, que es el fariseo, la mujer de la ciudad, y aquellos que fueron a ver.</p>
<p>Para seguir en el orden de la narración veamos primero a la mujer<em>. “Y he aquí, había en la ciudad una mujer que <u>era pecadora</u>, y cuando se enteró de que Jesús estaba sentado a la mesa en casa del fariseo, trajo un frasco de alabastro con perfume; y poniéndose detrás de Él <u>a sus pies</u>, llorando, comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume”</em> (Lucas 7:37-38). La Palabra dice que ella oyó que Jesús estaba en aquel lugar. De alguna manera esta mujer ya había tenido un encuentro con el Señor, y tenía una revelación de Jesús, pues <strong>solo aquel que reconoce a Cristo como Dios, Señor y Salvador, puede postrarse a sus pies </strong>(Jn. 8:24). Solamente el que reconoce a Jesús puede recibir perdón de pecados; en él hay poder para perdonar. Es posible que ella había oído el mensaje del reino, con las buenas nuevas de salvación; de alguna manera esta mujer había oído el sermón del monte y lo que Dios pensaba sobre juzgar a los demás, amar a los enemigos, orar por los que te ultrajan y persiguen. Esa mujer se le habían abiertos los oídos y pudo entender que en Dios hay perdón, que en Dios hay restauración, hay misericordia, hay amor, y lo creyó.</p>
<p>Dicen algunas traducciones que ella era reconocida como pecadora en esa ciudad, no necesariamente debía ser prostituta, pero todos sabían que llevaba una vida fuera de la voluntad de Dios. En nuestro lenguaje de hoy, diríamos, una libertina, una mundana. Me imagino que cuando caminaba por las calles, se volteaban a mirarla, y murmuraban y la condenaban, pero ella había encontrado a alguien que le mostró el amor de Dios; alguien recto, pero amoroso, justo, pero no acusador. Entonces, corrió, me imagino que llegó a su casa, y buscó aquel frasco, fino, costoso, que contenía aquel perfume de gran valor… Quizás lo había guardado por años para cuando se casara, ungirse y ungir al amado de su corazón, y al fin había llegado, alguien que la miraba con compasión, con misericordia, con amor. A ese hombre, ella tenía que mostrarle su amor, su agradecimiento. Me imagino que volteó toda la casa, mientras lloraba de felicidad, y cuando encontró el frasco de alabastro corrió a su encuentro.</p>
<p>Al llegar a la casa del fariseo, encontró a Jesús reclinado, y ella se arrojó a sus pies, llorando. Y quiero llamar tu atención a la actitud de aquella mujer. Ella no pensó dónde estaba, ni los que los demás hacían, ella solo vio que Jesús estaba allí y su corazón en él. A veces nosotros nos cohibimos de adorar en libertad a Dios por el qué dirán, pero cuando el objeto de nuestra adoración llena todo nuestro corazón, no nos importa nada. Ahora nota lo que hizo: y dice en el verso 38<em>: “</em><em>… </em><em>comenzó a regar sus pies con lágrimas y los secaba con los cabellos de su cabeza, besaba sus pies y los ungía con el perfume”.</em> El acto de estar a sus pies representa sujeción, humillación, adoración, pero sobre todo amor. Los pies son un tipo de nuestra humanidad, pero también representan santidad de Dios, como en el hombre su humanidad (Exo 3:5). Los pies de Jesús simbolizan la fuente y el lugar de la gracia de Dios, por eso los que se reconocen pecadores vienen a los pies de Jesús. También a sus pies se sientan aquellos que quieren aprender de Él. Pero una cosa es estar a sus pies y otra debajo de sus pies. Los adoradores vienen a sus pies, porque los pies de Dios simbolizan su majestuosa presencia. Pero aquellos que son derrotados y enemigos del reino están bajo los pies de Jesucristo.</p>
<p>Ahora pensemos en el llanto de aquella mujer. Se llora de dolor y se llora de alegría. Las lágrimas representan nuestra fragilidad, por eso para Dios tienen tanto valor. Dice que Él las guarda en una redoma; nuestras lágrimas lo conmueven, especialmente aquellas que son resultado de una injusticia, de reconocimiento de falta, de nuestra imposibilidad. Por otro lado, el cabello largo representa gloria en la mujer, pero llevarlo suelto, en ese tiempo era una deshonra. Pero a ella no le importó cargar esa ignominia, y como David se hizo más vil, con tal de mostrar su rendición a Dios, su devoción al Señor, como los esclavos que acostumbraban secar los pies de sus dueños con sus cabellos. Una actitud de rendición total.</p>
<p>También dice que ella besaba sus pies. Un beso es el término griego <em>filema</em>. En ese tiempo era una característica cristiana besar a sus hermanos (el ósculo santo que habló el apóstol Pablo), como muestra de afecto sincero. El origen de esa palabra, philema, proviene de fileo que es amar fraternalmente, sinceramente a los hermanos. Pero en este relato se usa el verbo <em>kataphileo, kata</em> intenso<em>, fileo </em>amor, una acción que mide la intensidad del sentimiento. Es decir, no fue un simple beso el que ella le dio a Jesús, sino que lo besó ardientemente, intensamente; es dar un beso, y otro beso, y otro beso y otro beso. Un beso, en sentido figurado, muestra respeto, devoción y sumisión, como dice en el Salmos 2:12 <em>“… besad al hijo para que no se enoje”</em>. Y la palabra hebrea aquí es <em>nashak</em>, que se traduce como honrar, unirse, apegarse, gobernar junto, besar. También con un beso se transmitía carácter, dignidad (Abraham con sus hijos, Samuel con David). En el caso de esta mujer, ella con sus besos le decía: «Te amo, te respeto, tú eres mi Rey, eres mi Señor, yo me rindo a ti».</p>
<p>Y por último, dice que ella lo ungía sus pies con perfume. Ungir es consagrar, es separar, dedicar. El perfume era de mirra (heb <em>murón</em>), que figuradamente nos habla de las gracias del Mesías. En Cristo hay gracia, hay favor de Dios. Hermosos son los pies de los que anuncian la paz, las buenas nuevas del Señor. En Cristo recibimos gracia, perdón, misericordia de Dios. <strong>Nosotros somos grandes pecadores, pero Dios es un gran Salvador.</strong> ¡Aleluya!</p>
<p>Mirar esta escena enternece, inspira a la devoción. Sin embargo, mira como el fariseo la vio: “Pero al ver <em>esto </em>el fariseo que le había invitado, dijo para sí: Si éste fuera un profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que le está tocando, que es una pecadora” (Lucas 7:39). El fariseo la vio como a una pecadora, inmunda, y a Jesús como a un cualquiera. Y mira lo que pasó: <em>“</em><em>Y respondiendo Jesús, le dijo: Simón, tengo algo que decirte: Y él dijo: Di, Maestro. Cierto prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta;  y no teniendo ellos con qué pagar, perdonó generosamente a los dos. ¿Cuál de ellos, entonces, le amará más? Simón respondió, y dijo: Supongo que aquel a quien le perdonó más. Y Jesús le dijo: Has juzgado correctamente. Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para los pies, pero ella ha regado mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados han sido perdonados”</em> (Lucas 7:40-48)</p>
<p>Es curioso que el nombre Simón significa “examinador” “oír”. Nosotros, como el fariseo, miramos a los demás y ya creemos que los conocemos, que sabemos quiénes son, y los condenamos. Sin embargo, Dios que sí conoce nuestros corazones, no nos desprecia, no porque seamos buenos, sino porque nos ama y por eso nos perdona. Mas, cuando Jesús le dijo “<em>¿Ves esta mujer?”, </em>la palabra que usó para “ver”, no fue ver (gr. <em>eido</em>) con los ojos, como veía Simón, sino (gr. <em>blepo</em>) percibir con la mente, ir más allá de un conocimiento exterior, mirar como mira Dios. Para poder llevarlo a esa perspectiva, usó la ilustración de los dos deudores. Mas, la diferencia de estos dos casos no radica en la deuda en sí, sino en que los dos son deudores. Los dos estaban bajo la misma condenación. El problema aquí es de conciencia, en cómo nos percibimos y percibimos a los demás, sin tomar en cuenta que todos somos deudores delante de Dios. Todos somos deudores, y no podemos pagar esa deuda, por eso la salvación es gratis, no porque no vale nada, pues a Dios le costó todo, sino porque no podemos pagarla.</p>
<p>La enseñanza principal aquí tampoco no es que cuando pecamos más amamos más, no, no, no. Es como decir: hagamos males para que nos venga vienes, de ninguna manera. <strong>El amor NO radica en el pecado, sino en el perdón</strong>.  Es el perdón de Dios lo que la hizo a ella amar mucho, y no lo contrario. Esta mujer vino a Jesús no tanto para recibir perdón, sino para reciprocar el amor por el perdón recibido, porque estaba arrepentida, y reconocía que en Dios había amor, perdón. Nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. Para amar mucho a Dios no tenemos que pecar mucho, no es el punto, es apreciar y reconocer lo que él es. La actitud de esta mujer nos recuerda que el verdadero amor y la sincera devoción por Cristo deben proceder de una plena conciencia de la gravedad de los pecados del pasado y el amor de Dios manifestado en su perdón.</p>
<p>Simón amaba tan poco, que ni siquiera mostró las reglas de hospitalidad que se usaban en aquel tiempo de lavar los pies de los invitados, darle un beso, y también ungirlos. En el trato que tenemos con las personas es que mostramos nuestros afectos. Por ejemplo, si alguien llega a tu casa y estás viendo la TV, dices: «Oh, wao, tú por aquí, qué milagro, ven siéntate…» y sigues mirando la programación. Obviamente es como si nadie hubiese llegado a visitarte. Pero si es alguien que realmente te importa, inmediatamente apagas la TV, le saludas con afecto, y llamas a los familiares a darle la bienvenida. En el caso de Abraham, cuando reconoció que aquellos varones con el Señor pasaban por su tienda, dice la palabra que salió corriendo de su tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: <em>“Señor, si ahora he hallado gracia en tus ojos, te ruego que no pases de tu siervo” </em>(Gen. 18:3). Podemos honrar a Dios con nuestras palabras, y decir que le amamos, pero nuestro corazón estar muy lejos de él (Mar 7:6). Solo reconociendo cuánto hemos pecado (no en el sentido cuantitativo, sino cualitativo) podremos estar a sus pies.</p>
<p>Finalmente, dice: <em>“</em><em>Los que estaban sentados a la mesa con Él comenzaron a decir entre sí: ¿Quién es éste que hasta perdona pecados?”</em> (Lucas 7:49). Estos hombres, como Simón, estaban sentados con el Señor, pero su actitud era juzgar, mirar cómo recibe, cómo piensa, cómo es. Así muchos de nosotros vamos a la iglesia a mirar a los que nos rodean, a juzgar el sermón, a señalar, a condenar, pudiendo estar a sus pies delante de su Presencia. Ellos no vieron que el que estaba ahí era Emanuel, Dios con nosotros, porque su duro corazón no los dejó ver. Pero ella, que sí había recibido esa revelación, primeramente, reconoció a Jesucristo: 1. como <strong>Dios y Creador</strong>, mostrando un amor revente, cuando se postró a regar sus pies con sus lágrimas y secarlos con sus cabellos; 2. como <strong>Señor y Salvador</strong>, mostrando sometimiento a su autoridad, cuando besó intensamente sus pies; y 3. como <strong>Mesías y Rey</strong> al honrarlo cuando lo ungió con perfume.  Por lo cual, el Maestro le dijo: “<em>Tu fe te ha salvado, vete en paz”</em> (Lucas 7:50).</p>
<p>Hay un proverbio árabe que reza así: &#8220;Al cuello, lo dobla la espada; pero al corazón, únicamente lo dobla otro corazón&#8221;. El amor de Dios es irresistible, inclinemos nuestro corazón para estar eternamente a sus pies, como aquella mujer, adorándolo, reconociéndolo, honrándolo. Que sea ese siempre nuestro deseo, estar siempre a sus pies, no como una forma externa, sino en la humillación interna de aquel, que impactado por su perdón, le ama y le adora de todo corazón. Amén.</p>
<p>Colaboración: Marítza Mateo</div></div>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://www.elamanecer.org/2017/11/a-sus-pies/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>4</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>KOINONÍA &#8211; El lazo indivisible de la comunión</title>
		<link>https://www.elamanecer.org/2016/06/koinonia-lazo-indivisible-la-comunion/</link>
					<comments>https://www.elamanecer.org/2016/06/koinonia-lazo-indivisible-la-comunion/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[El Amanecer de la Esperanza - MM]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 09 Jun 2016 19:13:25 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[compañerismo]]></category>
		<category><![CDATA[iglesia]]></category>
		<category><![CDATA[Koinonia]]></category>
		<category><![CDATA[reunión]]></category>
		<category><![CDATA[Unidad]]></category>
		<guid isPermaLink="false">https://www.elamanecer.org/?p=16929</guid>

					<description><![CDATA[“… para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo” &#8211; 1Juan 1:3 Cuando escuché por primera vez en la iglesia la palabra koinonía me dije: «Wao, ¿con qué se come eso?» Perdona mi ignorancia, pero te confieso que duré cierto tiempo para...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<div class="row "><div class="wpv-grid grid-1-1  wpv-first-level first unextended" style="padding-top:0px;padding-bottom:0px" id="wpv-column-1674f1b9203b9a23a576ddac6b130bca" ><blockquote><p><strong><em>“… para que también vosotros tengáis comunión con nosotros; y nuestra comunión verdaderamente es con el Padre, y con su Hijo Jesucristo”</em></strong> &#8211; 1Juan 1:3</p></blockquote>
<p>Cuando escuché por primera vez en la iglesia la palabra <em>koinonía</em> me dije: «Wao, ¿con qué se come eso?» Perdona mi ignorancia, pero te confieso que duré cierto tiempo para memorizar esta palabra hasta pronunciarla correctamente, pues nunca había oído ese vocablo en español, y ya estaba aprendiendo una palabra en griego. El término se usa en la iglesia para designar las reuniones, fuera del servicio regular de adoración, en la que se come una merienda y se comparte con un grupo selecto de hermanos. En ocasiones, toda la iglesia participa en una de estas reuniones, generalmente en verano, cuando vamos a los parques y hacemos un picnic, y entre asado en asado, algunos juegan y otros conversan.</p>
<p>Sin embargo, yendo un poquito más profundo, a la esencia misma de la palabra <em>koinonía</em> encontraremos que no se suscribe solamente a una actividad eclesiástica, picnic en verano, o reuniones casuales de grupos ministeriales, sino a una operación en el Espíritu ejecutada por el Padre, para unificar a sus escogidos en su propósito santo a través de la comunión, primeramente, con él, y luego con el prójimo. Esta operación divina se manifiesta en varios aspectos preponderantes en la iglesia que nunca imaginé tuvieran que ver. Por eso te invito a que vengas conmigo y, con la ayuda del Espíritu Santo, exploremos juntos el verdadero significado de la <em>koinonía</em>.</p>
<p>Cuando empecé a escribir esta reflexión, y pensaba en <em>koinonia</em>, la primera cita bíblica que venía constantemente a mi mente, era: <em>“</em><em>¿Qué hay, pues, hermanos? Cuando os reunís, cada uno de vosotros tiene salmo, tiene doctrina, tiene lengua, tiene revelación, tiene interpretación. Hágase todo para edificación”</em> (1Co 14:26). En este verso se nos habla de la reunión de los hermanos, pero para sorpresa mía en dicha cita no estaba contenida la palabra <em>koinonía</em>. El vocablo griego que se traduce como “reunís”, de reunión, es la palabra <strong>sunérjomai</strong> (4905) que significa reunirse, partir en compañía de, juntar, acompañar, agolparse, congregarse, reunirse, hasta cohabitar (conyugalmente), pero nota que no habla de comunión. Y es cierto, cuántos pueden estar juntos en un lugar, hasta dormir en una misma cama y tener sus mentes divididas, y en sus corazones estar muy lejos uno del otro.</p>
<p>Pensé entonces en unanimidad, sí, ¡eso es!, me dije… El modelo ideal… ¡La primera iglesia!, allí encontraré la palabra <em>koinonía</em>… <em>“</em><em>Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. […] “Y perseverando unánimes cada día en el templo, y partiendo el pan en las casas, comían juntos con alegría y sencillez de corazón”</em> (Hch 2:1, 46); o en aquel ruego del apóstol Pablo en el final de sus días, me parece verlo decir: <em>“completad mi gozo, sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa”</em> (Fil 2:2 R60). Pero no, tampoco allí encontré el vocablo <em>koinonía</em>, porque lo que en ocasiones traducen en la Biblia como unanimidad o unánimes es el vocablo griego <strong>jomodsumadón</strong> (3661) que es un adverbio, algo que nos habla de forma, de hacer algo en acuerdo, con unanimidad. También es el mismo vocablo que se usa al narrar el momento de la muerte del primer mártir de nuestra fe, Esteban, mientras él describía la visión de cielos abiertos y ellos <em>“… dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él” </em>(Hch 7:57). Ese “a una” fue la unanimidad, el acuerdo que ellos tuvieron para golpearlo y apedrearlo hasta la muerte… No, tampoco en la unanimidad o en el acuerdo está la <em>koinonía</em>.</p>
<p>Casi me quedo sin argumentos… La cabeza me quiere estallar… Percibo algo grande que roza mi espíritu, y que no logro descifrar… Pero, entonces, ¿qué es la <em>koinonía</em>? El definirla ya cerraría un poco este aluvión espiritual que me sobrecoge. Mas, <em>koinonía</em> tampoco es algo que se puede definir en palabras per se, aunque sí podemos extractarla de ciertas relaciones y acciones entre los cristianos, porque no es algo que se suscribe a una actividad social, sino a un lazo espiritual cuyas puntas empiezan y terminan en el Señor. Por tanto, <em>koinonía</em> es un concepto, que, por causa de su naturaleza espiritual, se traduce en comunión, en la participación de algo indivisible como es la comunión con Dios y en Dios.</p>
<p>La palabra griega <em>koinonía</em> proviene del vocablo <em>koinos</em> (2839) que significa algo común, y del cual se derivan otros términos como <em>koinonós</em> -compañero (Luc. 5:10), <em>koinonéo</em> -generoso (Ro. 12:13), <em>koinonikós</em> -dadivoso (1 Ti. 6:18). El término <em>koinos</em> «común» (en su parte positiva, porque también designa a algo inmundo), originalmente significa «pertenecer al grupo», lo que Pablo usa para designar la «común fe» (Tit 1:4), y Judas nuestra “común salvación” (Jud 1:3); y de la primera iglesia se dice que «tenían en común todas las cosas» (Hch. 2:44; 4:32). En la raíz de la palabra <em>koinonía </em>veo dos aspectos que me hablan de una comunión espiritual y uno que me muestra una comunión material, esta última necesariamente depende de las dos primeras. Es decir, para tener <em>koinonía</em> con otra persona, ella y yo tenemos que tener dos cosas en común: la fe y la salvación. Partiendo de este hecho, puedo también tener en común mis bienes.</p>
<p>Creo que, en este punto, nuestro Maestro nos diría: “<em>No estás lejos del reino de Dios</em>” (Mar 12:34), porque siento que hemos llegado al meollo del asunto. La <em>koinonía</em> nos muestra tres aspectos importantes de la comunión: 1.  La fe en Dios y en su Hijo Jesucristo; 2. La salvación que compartimos con los hermanos; y 3. Nuestra participación en el servicio a los demás. Meditemos un momento.</p>
<p>El vocablo griego<em> koinonós (compañero)</em> que también se traduce como socio (partner) designa a alguien que participa en un negocio o tiene bienes en común con otra persona. Hecho así, encontramos este vocablo en la Palabra que bien podemos sustituir de socio a compañero o participante: <em>“</em><em>sois compañeros en las aflicciones”</em> (2Co 1:7); <em>“si me tienes por compañero, recíbele como a mí mismo”</em> (Flm 1:17); participantes de la gloria (1 P. 5:1); participantes de la naturaleza divina (2Pe 1:4). Hay otro término griego relacionado con ese vocablo cuya raíz no es koinós y es métojos (3353) que designa a alguien quien es participante, y en cuyas seis acepciones la mayoría se refieren a nuestra participación de la naturaleza divina en Cristo: somos compañeros de Cristo; participantes del llamamiento celestial; participantes de Cristo; y partícipes del Espíritu Santo (Heb 1:9; 3:1, 14; 6:4). Es esa participación de la naturaleza divina y, al mismo tiempo, esa mutualidad de espíritu con mi hermano la que nos da una comunión que trasciende las diferencias externas y temporales y produce la <em>koinonía</em>.</p>
<p>Es esa comunión la que lleva a la iglesia a una <em>koinonía</em> práctica. De otra manera fuera <strong>koinonitis</strong>, una actitud egoísta, centrada en nosotros mismos. En otras palabras, me relaciono contigo por lo que haces, porque eres líder, porque eres un ministro, porque eres la mano derecha del pastor, estás en el altar, etc. El asunto es que cuando una de esas condiciones desaparece también se esfuma el compañerismo, se enfría la amistad, incluso hasta termina la “hermandad”, no importa los años que hayamos compartido juntos, supuestamente unánimes. Si somos sinceros debemos admitir que allí no hubo nunca una verdadera relación o comunión. Esa oración de nuestro Señor: <em>“</em><em>para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me enviaste”</em> (Jua 17:21), tiene sentido cuando verdaderamente nuestra <em>koinonía</em> se manifiesta en la comunión y la participación. Concluyo entonces, si nuestra <em>koinonía</em> carece de esta comunión con el Padre y el Hijo, de nuestra participación con el Espíritu Santo, y nuestra confraternidad o sociedad con el hermano, no sería más que una ficción teórica carente totalmente de significado. La <em>koinonía</em> es algo espiritual que se hace visible cuando:</p>
<ul>
<li>perseveramos en la <strong>comunión</strong> unos con otros (Hch 2:42)</li>
<li><strong>ofrendamos</strong> para los pobres (Rom 15:26)</li>
<li><strong>participamos</strong> en el servicio para los santos. (2Co 8:4)</li>
<li><strong>contribuimos</strong> generosamente para todos; (2Co 9:13)</li>
<li>damos señal de <strong>compañerismo</strong> a los que son apartados al ministerio (Gal 2:9)</li>
<li>Y de hacer bien y de la <strong>ayuda mutua</strong> no nos olvidamos (Heb 13:16)</li>
<li>tenemos <strong>comunión </strong>unos con otros (1Jo 1:7)</li>
</ul>
<p>He oído muchos mensajes, y nuestros pastores también lo dicen al predicar, que la traición mayor que hubo en la Biblia fue la negación de Pedro en el momento en que el Maestro más lo necesitaba<em>. “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré. […] Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré” </em>(Mat 26:35; 26:33), vociferaba el discípulo haciendo alarde de su incondicional amor. Y al oírlo tan convincente, todos los demás discípulos dijeron lo mismo, y fueron los primeros en correr al enfrentar la persecución. Mas, Pedro trató de apegarse a sus palabras, y siguió a la escolta que llevaba a Jesús donde el sumo sacerdote. Entró hasta el patio, pero cuando fue identificado por los que allí se hallaban, negó a Jesús hasta con malas palabras, una, dos, tres veces, entonces fue que escucho al gallo cantar por primera vez (Mat 26:74). Sin embargo, la Biblia nunca muestra que hubo murmuración en la iglesia acerca de su conducta. Tampoco se habla que lo rechazaban, ni tampoco que lo confrontaron. Lo que dice es que fue recibido como siempre. Sí, Pedro lloró amargamente, sintió el dolor punzante del pecado, pero el amor de Dios fue superior a su caída. Y cuando digo que los hermanos lo recibieron no estoy hablando de consentir o apoyar malas conductas, sino que, a pesar del desacierto de Pedro, éste no perdió la comunión, la <em>koinonía</em> con sus hermanos, sino que pudo volver, y cumplir su ministerio.</p>
<p>Hay una palabra en el Antiguo Testamento que se refiere a la comunión de la que hemos estado hablando y es la palabra hebrea <strong>sod</strong> (5475) que denota secreto, amistad, relación estrecha y conocimiento íntimo, y solo se usa dos veces en esa connotación de intimidad.  <em>“</em><em>La comunión íntima de Jehová es con los que le temen, Y a ellos hará conocer su pacto. […] Porque Jehová abomina al perverso; Mas su comunión íntima es con los justos”</em> (Sal 25:14; Pro 3:32). Esa comunión intima de Dios con el cristiano se traduce en la comunión que tú y yo tengamos con nuestros hermanos en la fe. Pues como bien dice Juan: <em>“Si decimos que tenemos comunión con él, y andamos en tinieblas, mentimos, y no practicamos la verdad”</em> (1Jo 1:6). No hay verdadera <em>koinonía</em> si no tenemos comunión primeramente con Dios y luego con nuestros hermanos. Por eso el perdón de Dios es condicionado a cómo perdonamos nosotros a quienes nos ofenden.</p>
<p>Hasta aquí ha sido maravilloso el ver un aspecto más amplio de un concepto que me fue quedando tan superficial. He entendido que me es necesario cultivar la comunión con Dios para que mi relación con mis hermanos no dependa de circunstancias externas, sino que esté en basada en cosas tan inconmovibles como la fe y el amor a Dios. Ahora, la próxima vez que celebre la santa cena o me reúna contigo a adorar, a contribuir, a ofrendar, a compartir o a servir miraré más allá de lo tangible, para celebrar por siempre nuestra <em>koinonia</em> en el Señor.</div></div>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://www.elamanecer.org/2016/06/koinonia-lazo-indivisible-la-comunion/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>146</slash:comments>
		
		
			</item>
		<item>
		<title>El hombre espiritual y la madurez</title>
		<link>https://www.elamanecer.org/2015/08/el-hombre-espiritual-y-la-madurez/</link>
					<comments>https://www.elamanecer.org/2015/08/el-hombre-espiritual-y-la-madurez/#comments</comments>
		
		<dc:creator><![CDATA[El Amanecer de la Esperanza - MM]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 12 Aug 2015 20:35:12 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Artículos]]></category>
		<category><![CDATA[Blog]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
		<category><![CDATA[fruto del espiritu]]></category>
		<category><![CDATA[hombre espiritual]]></category>
		<category><![CDATA[inmadurez]]></category>
		<category><![CDATA[madurez]]></category>
		<category><![CDATA[perfeccion vida en el espiritu]]></category>
		<guid isPermaLink="false">http://www.elamanecer.org/wp/?p=2996</guid>

					<description><![CDATA[«… el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal» – Hebreos 5:14 La madurez espiritual es una cualidad o condición sumamente necesaria para el hombre de Dios y sólo se consigue en un proceso continuo...]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[<blockquote><p>«… el alimento sólido es para los que han alcanzado madurez, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal» – Hebreos 5:14</p></blockquote>
<p>La madurez espiritual es una cualidad o condición sumamente necesaria para el hombre de Dios y sólo se consigue en un proceso continuo y gradual, apegado al Señor. Tampoco es algo que depende necesariamente del tiempo cronológico, sino que la madurez viene de una entrega genuina a Dios, de manera que Cristo viva su vida en nosotros. Cuando vivimos permanentemente en el Espíritu, nuestro hombre interior se desarrolla plenamente y se manifiesta en él toda la belleza del carácter de Dios. Entonces, los que se relacionan con nosotros verán en nuestra manera de vivir la piedad y el fruto del Espíritu. Por tanto, algo que puede servir de metro para medir ese crecimiento en el Espíritu es cuando actuamos con madurez.</p>
<p>El Señor desea que cada cristiano alcance madurez, pero sobre todo los que están dedicados a algún tipo de ministerio. ¿Por qué? Porque los ministros somos llamados a enseñar con nuestra vida la piedad. En el aspecto académico el que ha adquirido un grado superior enseña a los que poseen un nivel inferior. Por ejemplo, el que tiene un doctorado imparte su conocimiento a los que tienen una maestría; estos últimos enseñan a los que están al nivel de licenciatura y estos a su vez enseñan a los jóvenes que están en la secundaria, intermedia y primaria, respectivamente. Lo mismo sucede en lo espiritual, un ministro debe ser un maestro de piedad y de madurez. Un ministro puede tener un doctorado en divinidad o teología, pero si no ha alcanzado un grado considerable de madurez espiritual no es apto para comenzar su ministerio. La verdad y la piedad no se enseñan académicamente, sino con la vida. La madurez se adquiere andando con Dios y viviendo en el Espíritu.</p>
<p>La iglesia está llena de ayos (instructores de niños) pero existen pocos padres espirituales. Abundan los instructores, pero escasean los maestros de piedad. Estos son los que pueden enseñar la verdad con sus vidas. Para usted ser instructor sólo necesita haber sido instruido. Todos los que han estudiado en un seminario e instituto son aptos para instruir, pero no necesariamente son idóneos para enseñar (1 Timoteo 3:2). El educador cubano José de la Luz y Caballero dijo: «Instruir puede cualquiera, educar quien sólo sea un evangelio vivo». Lo mismo sucede en el aspecto espiritual, únicamente el que ha alcanzado un alto grado de madurez está capacitado para enseñar y dirigir a otros. Nota como el apóstol Pablo se refiere a la madurez en el siguiente pasaje:</p>
<blockquote><p>“Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder, para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios. Sin embargo, hablamos sabiduría entre los que han alcanzado madurez; y sabiduría, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que perecen. Mas hablamos sabiduría de Dios en misterio, la sabiduría oculta, la cual Dios predestinó antes de los siglos para nuestra gloria, la que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria. Antes bien, como está escrito: Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios. Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios. Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido, lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual” (1 Corintios 2:1-13).</p></blockquote>
<p>Me es necesario aclarar que aunque a veces podemos sonar como que menospreciamos la ciencia o los logros del hombre moderno, no es así, porque todas estas cosas tienen reputación en la vida natural y son plausibles. A lo que nos oponemos es a pretender con herramientas humanas alcanzar propósitos de índole espiritual. La fe es una cosa y la razón otra. La gente los ha puesto a pelear, pero la fe no está compitiendo con la razón. Las cosas humanas las necesitamos para vivir la vida natural, más la fe la necesitamos para vivir la vida espiritual, que es otra clase de vida. El problema es que hoy, aun en la formación de los ministros, el énfasis en todo es lo intelectual, lo mecánico, las herramientas de los humanos, y se descarta la fe y todo lo espiritual. Por eso es que Dios, en la restauración, está volviendo a la iglesia al principio, para que acomodemos lo espiritual a lo espiritual, y lo natural a lo natural.</p>
<p>Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente, y para eso se necesita tener la naturaleza de Dios y una mente espiritual, tal como lo explica Pablo: «Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente. En cambio el espiritual juzga todas las cosas; pero él no es juzgado de nadie. Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién le instruirá? Mas nosotros tenemos la mente de Cristo» (1 Corintios 2:14-16). Pero hemos cometido el error de hacer las cosas espirituales con medios naturales, con filosofías, con intelecto, con ideas humanistas. No podemos predicar con instrumentos humanos, porque la predicación no es humana. El predicar no es disertar, como decir un discurso en las Naciones Unidas, ni en un foro cualquiera. El hablar en público tiene su arte, su retórica y sus reglas, más el que predica la Palabra de Dios tiene el Espíritu, la prudencia, el discernimiento, la sabiduría de lo alto y sabe acomodar lo espiritual a lo espiritual. Por eso le es necesaria la madurez espiritual.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>PODEMOS AFIRMAR QUE EL HOMBRE ESPIRITUAL ES MADURO, pues tiene una naturaleza espiritual que le permite discernir el bien y el mal. Pero cuando un nacido de Dios no puede discernir las cosas que son del Espíritu es porque es niño, o sea, anda en la carne, tal como lo describe el apóstol: «De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo» (1 Corintios 3:1) Es decir, un hombre espiritual es el que ha nacido del Espíritu y anda en el Espíritu, en cambio el hombre carnal es aquel que también ha nacido del Espíritu, pero anda en la carne y se ocupa de la carne, por consiguiente, ha crecido mucho en la carne, pero no ha crecido nada en el Espíritu. Se quedó siendo un niño. Y si sigue alimentándose solamente de la carne, andando en la carne y ejercitándose en la carne continuará siendo niño. Vimos que Adán, que fue creado a la imagen de Dios, cuando pecó se incapacitó para lo espiritual, y se metió en el mundo de la carne. Un hombre carnal es igual a un niño. Y esto es tan verdad como una fórmula matemática:</p>
<p><strong>Hombre carnal = Niño</strong><br />
<strong>Hombre espiritual = Hombre maduro o perfecto</strong></p>
<p>Tristemente esto se ha entendido poco y por eso lo único que se le exige a un ministro es conocimiento bíblico y grado teológico. Esto ha traído como resultado que niños enseñen a niños. En muchos lugares, la iglesia está dirigida por personas inmaduras. Esto lo digo con mucho respeto y a la vez con mucha pena. Yo trabajo con pastores y líderes en algunas partes del mundo y veo compañeros que son llamados apóstoles y obispos, pero no tienen la madurez ni siquiera de un discípulo. Me asombran los líderes que dirigen ministerios grandes y parecen niños recién convertidos. Pelean, compiten, manipulan, producen escándalos, no les importa el daño que hagan a la obra de Dios, con tal de ocupar posiciones o proyectarse, se oponen al propósito de Dios y viven una vida desordenada. He visto más madurez en muchos diáconos y diaconisas de iglesias locales que en estos ministros.<br />
La madurez se mide por el grado de sujeción al cual hemos sometido nuestra carne y por el nivel de sometimiento con el cual nos hemos sometido al Espíritu Santo. Una persona puede tener un gran título (apóstol, obispo, presbítero, etc.), una posición eclesiástica, una inigualable unción, ser sorprendentemente carismático, pero si anda en la carne es un inmaduro peligroso. En cambio, aunque un hermano carezca de todo lo mencionado, si vive según el Espíritu es maduro y, por consiguiente, puede representar a Dios y ser útil a favor de los demás. Salomón dijo: «¡Ay de ti, tierra, cuanto tu rey es muchacho…» (Eclesiastés 10:16) Hoy podemos decir: «¡Ay de ti, iglesia, cuando tu líder es inmaduro!»<br />
La madurez espiritual no necesariamente la determinada el tiempo o la edad. He visto hermanos que en seis meses en el Señor han madurado más que otros que tienen años como creyentes. Por tanto, y debido a la importancia que tiene la madurez en la vida cristiana y a la relación que tiene con la vida según el Espíritu, es necesario que dediquemos un segmento de este capítulo para estudiar acerca de ella.<br />
Ya hemos dicho que el hombre de Dios debe ser un maestro de piedad, de madurez, porque ha alcanzado más. Es decir, lo que te hace a ti ser un servidor en el reino de Dios no sólo es el llamamiento, sino que estés capacitado para dar, porque al que Dios llama a ese capacita. Es decir, si te mandó a predicar él pone su palabra en tu boca (Jeremías 1:9). Por eso dice la Biblia que él ha hecho a sus ministros llama de fuego (Hebreos 1:7), y les ha impartido dones y ministerios. Pero también el Señor les dio el fruto del Espíritu, para que crezcan en lo que tiene que ver con el carácter, y para poder administrar con madurez todas las cosas que les ha puesto en las manos. El fruto de la madurez en un ministro tiene que ser, sobremanera, mayor que la de un cristiano común, pues es llamado a ser un modelo de todo lo que Dios ha dado. Por consiguiente, como alguien que ha crecido mucho, puede dar, impartir y enseñar. Este debe ser un cristiano maduro en grado sumo, en todos los aspectos que rigen la madurez.</p>
<p>En el ministerio del Espíritu el carácter es muy primordial. Hemos dejado atrás el ministerio eclesiástico tradicional o el religiosamente cultural, para someternos voluntariamente al ministerio del Espíritu Santo, por eso la formación del carácter es más importante que cualquier otro tipo de capacidad, inclusive que el aspecto técnico, que es la parte que más se enfatiza en la formación ministerial. Pero la madurez no es un requisito sólo para los ministros, sino para todos los creyentes nacidos del Espíritu. Por tanto, estudiar algunos aspectos de la madurez es algo muy importante para completar todo lo que hemos expuesto en este libro.<br />
Primeramente vayamos al libro de Hebreos, donde el apóstol Pablo nos enfoca un aspecto fundamental del tema:</p>
<blockquote><p>“Acerca de esto tenemos mucho que decir, y difícil de explicar, por cuanto os habéis hecho tardos para oír. Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es INEXPERTO en la palabra de justicia, PORQUE ES NIÑO; pero el alimento sólido es para los que han alcanzado MADUREZ, para los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Hebreos 11:11-14).</p></blockquote>
<p>Es decir, según la Palabra de Dios, cuando nuestros oídos no están oyendo, ya sea porque no se nos han abierto o porque no poseemos la disposición para oír la Palabra, la resistimos, lo sencillo se complica y no lo podemos entender. Jesús dijo que más bienaventurados son, que todos los demás, aquellos que oyen la palabra de Dios, y la guardan (Lucas 11:28). Cuando alguien quiere hacer la voluntad de Dios, entiende a Dios, porque el deseo y el anhelo, su demanda y avidez son tan fuertes que lo empujan a oír y a buscar lo que es de Dios. Pero cuando no hemos crecido en el andar según el Espíritu, nuestros oídos se vuelven lentos y el entender la Palabra se hace DIFÍCIL. Eso nos explica el problema que tiene Dios con gran parte de la iglesia en la actualidad.<br />
La vida cristiana para muchos es tediosa y abrumadora, lenta y obstruida, y hasta se neutralizan, debido a que se han hecho tardos para oír. El apóstol ha explicado el porqué de esta imposibilidad. Él dijo que hay mucho que decir, y difícil de explicar, no porque esté velado, pues los misterios del reino ya han sido revelados, sino por la incapacidad de entender aunque los oídos nos fueron abiertos por el Espíritu Santo desde que creímos. El que nace de nuevo tiene oídos para oír a Dios, tiene ojos para ver, y corazón para entender, pero cuando no andamos en el Espíritu, sino en la carne, entonces nuestros sentidos se embotan, los ojos se ciegan, nuestros oídos se obstruyen, y lo que es fácil de percibir se hace difícil de comprender.<br />
Observa qué pasa cuando viene la iluminación del Espíritu a tu vida, en un momento dado, y se te abre el entendimiento a la Palabra o a los misterios del reino o a cualquier cosa en tu vida que Dios te quiera mostrar en su buena voluntad. Cuando esto ocurre, notas que se te abre el entendimiento, que la pieza del rompecabezas toma su lugar, y sientes un gozo, como si una luz te iluminara desde dentro. Esto es porque el soplo del Espíritu te ha hecho entender. Pero cuando sucede lo contrario, y lees y relees, pero no entiendes, es porque tus sentidos no están en Dios, sino en la carne, y se obstruyen. Entonces, aunque haya mucho que decir, es difícil de explicar, porque los oídos están cerrados, no hay receptividad.<br />
El apóstol le atribuye esta dificultad a la inmadurez. Él dijo: «Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido» (Hebreos 12:12). ¿Quiénes necesitan de la leche? Los niños, los recién nacidos. Los adultos son los que buscan para comer el alimento sólido y nutritivo, no importándoles el aspecto ni el sabor. Vemos que a los niños, en sus primeros años, les es primordial la leche más que cualquier otra cosa. Y luego, cuando los movemos a otros tipos de alimentos, tienen que tener un sabor dulce o un aspecto colorido, para que estos los vean atractivos y los quieran comer. Esta descripción es propia de un infante, pero un adulto que tenga esta actitud para poder comer no ha madurado en su paladar ni en su conciencia alimenticia. Por tanto, es muy posible que su estado de salud sea anémico y debilucho. Y así como hay niños que tienen problemas de aprendizaje y se atrasan en la escuela, lo que les afecta en su desarrollo social, emocional, y todo lo que implica lo natural, así sucede también en lo espiritual, cuando nuestros sentidos no se ejercitan en la verdad.<br />
Según el apóstol Pablo, una persona es niña espiritual cuando anda en la carne. Esta ha nacido de nuevo, pero se ocupa de las cosas de la carne y se desentiende o descuida las cosas que son del Espíritu. Esto es una revelación sencilla de la Palabra, pero tiene una gran trascendencia en lo espiritual. No es suficiente haber nacido de nuevo, hay que andar en el Espíritu, pues si no andamos en el Espíritu no crecemos, y si no crecemos, no maduramos, y cuando no maduramos, nos atrofiamos, y en consecuencia, nos hacemos tardos, inoperantes e ineficaces. ¿Cómo entender las cosas del Espíritu si no andamos en el Espíritu? Hay que entender para poder discernir y caminar en la verdad. ¿Cómo ser hombres piadosos si desconocemos la piedad? La Palabra nos exhorta a ejercitarnos para la piedad (1 Timoteo 4:7), en vez de ejercitarnos para tonificar nuestro cuerpo físico. El ejercicio corporal para poco aprovecha, pero la piedad —dice Pablo— «… para TODO aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente, y de la venidera» (1 Timoteo 4:8). El ejercicio corporal sólo tonifica tus músculos, pero la piedad te fortifica el espíritu.</p>
<p>El que se ejercita en la piedad crece espiritualmente, así como el que se ejercita físicamente le crecen los músculos. Cuando eres una persona devota, le dedicas mucho tiempo al espíritu en tu devoción personal, te involucras en toda actividad espiritual, y te expones a ser bendecido espiritualmente, porque estás alimentando tu espíritu. Tu hombre nuevo está creciendo, se está ejercitando en las cosas de Dios. Por tanto, te vuelves más receptivo, y comienzas a crecer en lo espiritual, y te preocuparás por tu cuerpo físico, pero en el equilibrio del Espíritu. Es muy difícil para una persona que esté envuelta en los asuntos del mundo, poder fluir en las cosas del Espíritu. Se les hace pesado y cuesta arriba. Cuando perdemos la comunión con el Señor y no acudimos al lugar secreto, aun el hacer una breve oración nos resulta sumamente tedioso, pues aunque el espíritu está presto para las cosas de Dios, la carne es débil (Mateo 26:41).</p>
<p>No obstante, hay ciertas armas espirituales que nos permiten fortalecernos en el Señor y en el poder de su fuerza, aun cuando nuestro cuerpo carnal esté débil y se resista a ello. Uno de estos recursos es el don de lenguas. Aquellos que hemos recibido ese precioso don, todavía no hemos entendido lo que son las lenguas del Espíritu. Sólo hablamos lenguas en un momento dado, pero tenemos que entender que el hablar en lenguas es el lenguaje del hombre nuevo, hablando en espíritu a Dios. Es tu lenguaje espiritual. Aunque tú solamente repitas unas cuantas palabras, y pienses que dices «siempre lo mismo», te diré que no siempre es lo mismo. En lenguas espirituales, con cinco palabras tú puedes expresar más que el contenido de un diccionario completo de un lenguaje humano, en cuanto al sentido se refiere. Pero cuando nos ejercitamos en la oración, y oramos en lenguas a Dios, experimentamos un crecimiento especial en el Espíritu.</p>
<p>Sabemos que muchos no fluyen en este don, por prejuicios y barreras mentales, pero creo que todos los que hemos nacido del Espíritu hemos sido dotados de este lenguaje aunque no lo usemos. Cuando yo comencé en la vida del Espíritu, algunas veces no podía orar, y había una pesadez en mí, porque las ocupaciones me turbaban y mis pensamientos volaban hacia los asuntos que tenía que resolver. Hasta que uno de esos días, abrí mi corazón a Dios y le expresé como me sentía, y el Señor me dijo: «Hijo, estás afanado y es natural que tus pensamientos vayan a aquello en que estás envuelto, entre tantas ocupaciones y actividades. Sé que anhelas la comunión, pero la mente se turba con facilidad, porque es mecánica. Mas, yo te he enseñado la vida del Espíritu y te he dado dones. Habla en lenguas y notarás la diferencia».<br />
Escuché el consejo y empecé a hablar en lenguas cuando me era difícil concentrarme en la oración. Al principio me decaía, pero sentía su voz en mi interior que me decía: Sigue, sigue adelante. Yo escuchaba que estaba repitiendo lo mismo, pero el Señor me decía: «No lo juzgues por la mente ni por los sentidos, esto es algo espiritual». Seguía y seguía, y de momento me empecé a dar cuenta que me estaba adentrando en la dimensión del Espíritu y ya la perturbación se había ido. Entonces entendí que ejercitando las lenguas yo ejercito mi espíritu. Échale mano a ese axioma espiritual, porque nosotros perecemos, porque somos tardos para entender, y no practicamos lo que oímos de Dios. Amado, lo de Dios no es una teoría, cuando Dios nos dice algo es verdad, créele a Dios.<br />
El que habla muchas lenguas, habla mucho en espíritu a Dios (1 Corintios 14:2). Por tanto, prefiero hablarle a Dios en espíritu y no con entendimiento. En lenguas, aunque yo no entienda nada, estoy diciendo más porque el lenguaje del Espíritu es ilimitado y, además, mi espíritu está siendo edificado. Es posible que en el momento, la mente queda sin fruto (1 Corintios 14:14), pero en la ejercitación del espíritu, te darás cuenta que, en un momento, viene a tu mente la Palabra iluminada con revelación, con sabiduría, con aplicación y con todos los matices que tiene una palabra ungida. Y te preguntas ¿de dónde salió esto? Eso salió y viene del Espíritu Santo, como consecuencia de tu ejercitación en el Espíritu.<br />
Pablo aconsejó a la iglesia: «… no impidáis el hablar lenguas…» (1 Corintios 14:39), así que no subestimes el hablar en lenguas ni lo veas como un lengüeteo o un parloteo. Discierne que las lenguas no son para andarlas exhibiendo públicamente o para interrumpir en medio de las reuniones, pero es un don muy especial para tu devoción personal. Las lenguas se hablan públicamente sólo cuando Dios quiere dar un mensaje profético a la iglesia y, en ese caso, él también da la interpretación. Así que las lenguas son para tu edificación personal, para ejercitar y edificar tu espíritu. La persona que acostumbra a hablar muchas lenguas en su casa, se da cuenta de que su espíritu está siendo dinamizado y hay una explosión en su hombre interior.</p>
<p>Para crecer en lo espiritual, debemos ejercitar la comunión con Dios, y la intimidad con él. Tenemos que exponernos a todo lo que es espiritual, oyendo la Palabra, estudiándola en lo personal, orando a Dios, orando con los hermanos en la intercesión; todo tipo de actividad espiritual que es constante, te ayuda a crecer. Si creces en el espíritu tendrás más deseo de Dios, porque el Espíritu te lleva a Dios. El que se ocupa de lo espiritual, crece en lo espiritual; entonces, cuando viene la tentación, el impedimento o la adversidad, tendrás la fuerza espiritual y la autoridad ungida para decirle al diablo NO, y a las tinieblas y a las circunstancias NO, y a la carne NO, porque estás ejercitado. Y a cosas tales como la envidia, el celo, la competencia —lo que Pablo llama niñez espiritual— podrás decirles: «No, eso no es de Dios», y resistirás todo pensamiento de la carne, porque estás fortalecido en tu hombre espiritual para rechazar lo malo. Y esa fuerza proviene del Espíritu Santo obrando en el hombre nuevo, en la naturaleza incorruptible que está en ti.<br />
Esto te puede parecer un ABC, pero es fundamental para alcanzar la madurez espiritual. La madurez no comienza allá arriba, comienza aquí abajo, y por eso es elemental. Un niño no nace grande, sino que después que nace, comienza a crecer. Primero se le mide en pulgadas, y luego en pies. Va de lo menor a lo mayor, de lo pequeño a lo grande. Ejercitar la comunión es abrir las avenidas del Espíritu para oír la Palabra, para hablar con Dios y que él nos hable. Es necesario tomar los cuatro carriles del Espíritu, estos son: (1) Leer la Palabra, para conocerlo; (2) Orar para hablar con él y que él nos hable; (3) Congregarse, para participar en la reunión con los que, como nosotros, han sido llamados; (4) Testificar para hablar de lo que él ha hecho en nuestras vidas. […]</p>
<p>El que anda en el Espíritu, todo lo hace en el Espíritu, y por eso madura en lo espiritual. Cuando la Biblia habla del hombre perfecto no está hablando de impecabilidad, sino de madurez. Madurez es estar completos, es haberlo alcanzado. Hemos hablado de la alimentación de un niño, y vimos que no se le puede dar un alimento sólido antes de tiempo, porque no tiene el sistema ni la edad para ingerirlo. Por eso Pablo dijo: «Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces todavía, porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?» (1 Corintios 3:2-3). Y me pregunto: ¿Estos no eran hombres, entonces por qué le dice que andan como hombres? Por la conducta, pues así como la alimentación depende de la edad, la conducta también revela el crecimiento y la madurez de un individuo.[…]<br />
La madurez cristiana no tiene que ver con los años. La gente lo relaciona con los años, y se llenan de orgullo y dicen: «Llevo tantos años en el evangelio; yo nací en el evangelio». Ahora, lo importante es ver en ellos cuánto han madurado en Dios. A veces, en cambio, he visto personas convertirse, y en seis meses hablan, viven y juzgan de una manera que parecen ancianos espirituales. Los inmaduros se sientan en las iglesias, están expuestos como todos los demás, pero no reciben nada, no dan lugar al Espíritu, no andan en el Espíritu ni fortalecen su hombre interior por el Espíritu.</p>
<p>Amado, cuando recibas una ministración espiritual, no te apresures a predicarla, sino a vivirla, ya que lo más importante no es cómo predicas, sino cómo vives, pues eres más poderoso con tu vida que con tus palabras. Puede ser que con tus discursos impresiones a mucha gente, por algún tiempo, pero cuida que cuando la gente se te acerque no les pase como al que mira al pavo real que ve muchas plumas hermosas y coloridas, pero se asombra cuando al bajar la mirada nota las patas, chiquitas y flaquitas, y dice: «¡Vaya! Con tan bello plumaje y con patas tan enclenques y feas». Así pasa con el que anda en la carne, le puedes ver todas esas plumas y unción, pero cuando te le acercas y lo observas en ciertas situaciones que son elementales, te alarmas por su inmadurez. Nos impresionan con sus dones y unción y nos avergüenzan con su conducta. Entonces te preguntas: «¿Y qué pasó con el hombre espiritual que ha hecho tantos milagros y hablaba con tanta unción?» La razón es que los dones espirituales no tienen nada que ver con la madurez de una persona. Debemos separar una cosa de la otra.<br />
Los dones espirituales son como los talentos en la vida natural, que se nace con ellos. En mi país hay un dicho: «Dios le da barba al que no tiene quijada», refiriéndose a cualidades en personas que no las ameritan. Es el caso de un borracho que canta bellísimo, pero al que no se le puede tomar en serio, ni hacerle un contrato, pues es incumplidor, y no se espera nada de él. Con tremenda voz, pero nunca llega a nada. En cambio, hay personas que son disciplinadas (aunque no tienen tanto talento), que promueven sus discos, son cumplidoras, y llegan a tener éxito. En la vida cristiana ocurre que puedes ser muy carismático y tener muchos dones (de profecía, de sanidad, etc.), y ser inmaduro. Los dones te fueron dados por el Espíritu Santo, cuando naciste de nuevo, y los tienes ahí, porque son parte del plan de Dios con tu vida, pero es necesario crecer en ellos.</p>
<p>De la manera en que un niño nace con habilidades y capacidades innatas, heredadas de sus padres y que desarrolla en su crecimiento, así también el nacido de nuevo posee capacidades espirituales, dones, ministerios, y funciones del Espíritu que no tienen nada que ver con la madurez. Puede ser un hombre ungido y carismático, y al mismo tiempo ser un niño. De hecho, los corintios son un claro ejemplo de esto. Pablo dijo que entre ellos no hacía falta ningún don espiritual (1 Corintios 1:5-7), pero era la iglesia más carnal, más indisciplinada y niña de aquel tiempo. Por eso es bueno, sin dejar de procurar los mejores dones, el crecer en ellos (1 Corintios 14:12). La madurez es lo más importante, pues tiene que ver con el fruto del Espíritu, no con los dones del Espíritu. Los dones son capacidades ungidas que nos fueron dadas para llevar a cabo con eficacia la obra del ministerio. En cambio el fruto del Espíritu nos hace maduros para vivir la vida de Dios entre los hombres. […]</p>
<p>Cuando andamos en la carne somos niños, lo que sucede es que cuando tenemos muchos años en la cultura eclesiástica, podemos simular andar en el Espíritu, y nuestro lenguaje puede sonar muy espiritual, y lo que estamos mostrando es apariencia, hipocresía y religión. Pero el que es espiritual tiene los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal. Eso es una característica del hombre maduro, pues puede distinguir cuando algo es falso o verdadero, cuando es del Espíritu y cuando no lo es. Para eso no tiene que ser profeta ni vidente, simplemente tener el discernimiento del Espíritu. Observemos lo que dice en 1 Corintios 13, para abundar un poco más sobre el tema. Es importante el contexto de este capítulo en la epístola, porque está como el jamón y el queso de un emparedado: entre dos rebanadas. Los capítulos 12 y 14 hablan de los dones espirituales, y del uso de los dones, y el 13 está en el medio.</p>
<p>Es decir, después que el apóstol habla de los nueve dones, dice: «Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe» (1 Corintios 13:1). Déjame decirte que en los tres pasajes de la Biblia que se habla de los ministerios, de los nueve dones, y de las funciones u operaciones espirituales, en los tres, el apóstol Pablo habla del amor. En Efesios 4:11-16 cuando habla de los cinco ministerios, fíjate que termina hablando del amor, así en Romanos 12:4-10,21 donde habla de las funciones, después termina diciendo que el amor sea sin fingimiento, amaos los unos a los otros, no seas vencido de lo malo, mas vence con el bien el mal, etc. Y en 1 Corintios que es la parte donde más se habla de los dones y manifestaciones del Espíritu en el culto de los santos, toma un capítulo entero para mostrar al amor como el camino más excelente. Por tanto, es innegable la relación poderosa entre el amor y la madurez cristiana.<br />
Si hay alguna persona que de manera especial deba entender bien lo que es el amor es un cristiano nacido de nuevo, en todo el sentido de la palabra, pues si Dios se puede definir con algo es con el amor. La Biblia no dice textualmente: Dios es poder, aunque él es poderoso, pero sí dice: Dios es amor. Nota que el apóstol Pablo cuando habla de los dones, enfatiza la importancia que tiene el amor, como fruto del Espíritu, para poder administrar con madurez los dones espirituales.</p>
<p>Pablo menciona dones que son sumamente extraordinarios, por ejemplo, las lenguas, y dice: «Si yo hablase lenguas humanas [español, inglés, alemán, portugués, etc.] y angélicas [aquellas que hablan los espíritus], y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe» (1 Corintios 13:1). En otras palabras, los dones sin madurez no valen nada. En vez de hacer el bien, hacen mal; en vez de edificar, destruyen, porque sin amor los dones no tienen fruto. Andar en el Espíritu es andar en el fruto del Espíritu, y ese fruto es el amor. Observa que el apóstol se va al extremo no tan solo del que puede comunicarse en diferentes lenguas, sino del que habla el lenguaje celestial, eso es algo sublime, pero dice que si no tiene amor su comunicación no es efectiva, no dice nada.<br />
También expresa: «Y si tuviese profecía [el don más importante (1 Corintios 14:5)], y entendiese todos los misterios y toda ciencia [revelación, sabiduría divina, discernimiento espiritual], y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes [quitar cualquier impedimento por grande que este sea], y no tengo amor, nada soy» (1 Corintios 13:2). Es como si no tuviera nada, pues sin amor nada se es en Dios. «Y si repartiese todos mis bienes [este es uno de los dones de misericordia, el dar (Romanos 12:8,13), y se menciona como una de las funciones que da Dios, que no es simplemente el dar o compartir algo, sino de darlo todo] para dar de comer a los pobres, y si entregase mi cuerpo para ser quemado [el don del martirio], y no tengo amor, de nada me sirve» (1 Corintios 13:3). Y el apóstol no exagera.<br />
Si quieres crecer en Dios, no andes detrás de los dones, sino detrás del fruto del Espíritu, y abunda en ellos. No importa cómo se hable, lo que se diga, lo que se haga, lo que se sacrifique ni cómo se martirice, si no tengo amor no sirve de nada. De hecho el instrumento para administrar bien los dones espirituales es la madurez, porque un cristiano inmaduro puede hacer mal uso de los dones de Dios. Por tanto, amor es sinónimo de madurez, observa los siguientes versículos:</p>
<blockquote><p>El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, más se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser (1 Corintios 13:4-8).</p></blockquote>
<p>Todo eso se puede resumir en una sola palabra: madurez. Y esa madurez sólo se consigue cuando andamos en el Espíritu. Si hay algo que define el amor es la madurez, y eso lo veremos ahora con otros versículos: «… pero las profecías [el don más excelente] se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará. Porque en parte conocemos, y en parte profetizamos; mas cuando venga lo perfecto [o sea, lo maduro, lo completo, algo que ha alcanzado la meta, que ha llegado al fin como un fruto] entonces lo que es en parte se acabará» (1 Corintios 13:8-10).</p>
<p>Un árbol germina, crece, echa hojas, echa flores, y de las flores sale el fruto. El fruto pasa por etapas. Al principio está pequeñito y verde (nuevo), luego crece y llega a madurarse, y está listo para ser comido. Es decir, todo es un proceso. Un árbol llega a la madurez cuando da fruto; una persona es madura cuando llega a un desarrollo cabal de todas sus facultades: física, mental, emocional y social. No sólo porque puede procrear (casarse, tener hijos, etc.), sino porque tenga la capacidad de sobrellevar todo eso. O sea, si se puede casar, reproducir, mantener un hogar, piensa adecuadamente y se comporta de cierta manera, se puede decir que llegó a la madurez, a la perfección. Una niña de catorce años puede biológicamente reproducirse, pero no está madura para ser madre. Espiritualmente, podemos decir que hay personas que tienen llamados, dones y unción para ser ministros, pero no están listos para ello, porque todavía no han alcanzado la madurez.</p>
<p>La palabra perfección en la Biblia es lo mismo que madurez. Perfección no es impecabilidad en cuanto a nosotros, sólo cuando se refiere a Dios. Madurez es completar algo, cualidad de lo que llega a su máxima capacidad, a su plenitud. Por ejemplo, en cuanto a la salvación, estamos completos en Cristo, maduros, no hay que agregar nada, pues ya estamos salvos en él. En el proceso de la santificación todavía no hemos llegado a la madurez, y la glorificación sólo llegará cuando venga Cristo, cuando seremos libres plena y totalmente de la presencia del pecado. A través de la operación del Espíritu Santo, hoy estamos siendo libertados del poder del pecado, pero cuando Cristo venga, en un abrir y cerrar de ojos, esto corruptible será vestido de incorrupción, y el pecado será raído de nosotros. El reino será establecido, y la iglesia llegará a donde tiene que llegar. […]<br />
La conducta madura es la conducta perfecta, la que vivió Jesús, la vida que vivieron los apóstoles, la vida en el Espíritu. Los discípulos, mientras estaban en la carne, se disputaban el primer lugar (Mateo 20:21); cada uno luchaba por ser el más amado (Mateo 26:35). También querían saber lo que pasaría en la vida de otros (Mateo 21:21), pero cuando entre ellos fue derramado el Espíritu Santo, estuvieron unánimes juntos y todas las cosas las tenían en común (Hechos 2:44; 4:32). Debemos ser cristianos maduros, ser un testimonio a la iglesia, un testimonio al mundo. Renunciemos a todo lo que sea de niño, como dice la Palabra: «Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; mas cuando ya fui hombre, DEJÉ lo que era de niño» (1 Corintios 13:11). Y la palabra dejé significa abolir, es decir: «Abolí lo que era de niño, me deshice y renuncié a todo eso, porque ahora soy maduro, tengo el Espíritu Santo y ando en el Espíritu. Así tendremos la conducta de Dios, y andaremos en ese hombre nuevo, creado según Dios en justicia y santidad de la verdad» (Efesios 4:24).</p>
<p>Amado, pídele madurez a Dios. Que esta palabra pase de tus oídos al corazón, y del corazón a la conducta. Que venga el viento fuerte del Espíritu y deshaga en ti todo lo que es de niño, y todas las obras infructuosas de la carne y de las tinieblas sean reprendidas para que habite Cristo por la fe en tu corazón. Que habite en ti la plenitud de aquel que todo lo llena, el fruto del Espíritu en toda bondad, justicia y buenas obras. La madurez es la voluntad de Dios para nuestras vidas. Por tanto, tenemos que pensar y actuar como maduros. El Señor desea que en todo seamos hombres y mujeres perfectos en Cristo Jesús.</p>
<p>Fragmentos tomados del capítulo 5: «Vive según el Espíritu», del libro <a href="http://www.elamanecer.org/wp/recursos/libros/">La Vida en el Espíritu</a>, del pastor Juan Radhamés Fernández. Para más información de esta y otras obras del autor, visita: La sección de <a href="http://www.elamanecer.org/wp/recursos/libros/">Libros</a></p>
]]></content:encoded>
					
					<wfw:commentRss>https://www.elamanecer.org/2015/08/el-hombre-espiritual-y-la-madurez/feed/</wfw:commentRss>
			<slash:comments>115</slash:comments>
		
		
			</item>
	</channel>
</rss>
