"Levántate, resplandece; porque ha venido tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti. Porque he aquí que tinieblas cubrirán la tierra, y oscuridad las naciones; mas sobre ti amanecerá Jehová, y sobre ti será vista su gloria”
- Isaías 60:1-2
New York, Martes Septiembre 07 2010
Mira Nuestro Nuevo Libro: "La honra del Ministerio"
Murmurar es pecar contra Dios. La murmuración se define como susurrar, debatir una cuestión en tono tan bajo que parece un murmullo, quejarse, difamar a alguien. En el lenguaje hebreo uno de sus significados la define como “informe malvado”. Es notorio en la Biblia, cuánto esto desagrada a Dios, especialmente porque, aunque susurremos, Él la escucha.
Es bueno saber que cuando nos quejamos por alguna situación o en contra de alguien, en última instancia en contra de quien lo hacemos es contra Dios. Generalmente nos quejamos de algo que supuestamente nos afecta en lugar de acudir al Señor, lo que refleja nuestra gran ignorancia y falta de fe.
En el Antiguo Pacto Jehová fue muy rigoroso con ello a tal punto que a algunos lo castigo con lepra (Números 12); a otros se los tragó la tierra (Números 16), y muchos murieron mordidos por serpientes ardientes (Números 21). En el nuevo pacto, solo podemos dar gracias por Jesucristo, por cuya vida nos hemos escapado de las contaminaciones del mundo. Sin embargo, Él mismo nos advirtió: “No juzguéis, para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con que medís, os será medido” (Mateo 7:1-2).
Redimir es perdonar, condonar, exonerar, indultar una deuda. El que redime absuelve al deudor. Redime quien tiene la capacidad de entregar todo juicio a Dios. En el antiguo testamento no podía haber remisión sin derramamiento de sangre, así Cristo se entregó una vez y para siempre por nuestros pecados.
Aunque redimir o perdonar es una prerrogativa solo de Dios, no es menos cierto que hasta cierto punto Él ha entregado el juicio en nuestras manos, no para condenar, sino para perdonar como fuimos perdonados. Siendo así, somos perdonados según perdonamos a los que nos ofenden; somos juzgados con el mismo juicio con que juzgamos y medidos con la misma medida con que medimos; somos reconciliados con Dios según nos reconciliamos con el prójimo y Dios cree en nuestro amor por Él -a quien no vemos-, si amamos a aquellos a quienes vemos.
Confesar a Cristo no es simplemente declarar un nombre, sino creer en Él. Podemos decir que es una acción que brota de un corazón arrepentido, que expresa con sus labios, abiertamente y con libertad, la convicción de que Jesucristo es el Señor y salvador de su vida. Confesar a Cristo, por tanto, es un acto de fe, ya que hay quienes se avergüenzan de hacerlo, porque aman más la opinión de los hombres que la gloria de Dios, ignorando que de esa confesión dependen sus vidas.
Nombrar al Señor Jesús no es sencillamente enunciarlo, sino recibir vida, anunciar salvación. Hay una promesa en ese nombre, no solo para quien lo invoca, sino también para todos los suyos. Es interesante que la palabra hebrea para confesar es yadah, la que también se traduce como “alabar” pues uno de sus significados coincide con el vocablo hebreo, halal de la cual proviene la palabra aleluya.Aparentemente, estas dos cosas parecería que no tienen ilación, pero cuando lo enfocamos en Dios, cobra sentido y vemos que sí tiene relación, si pensamos en la adoración a Dios. En esa acepción, que se refiere directamente al nombre del Señor cuando al experimentar su perdón brota una expresión espontánea de nuestro interior en la que confesamos nuestra pecaminosidad y el agradecimiento por la misericordia recibida en su salvación. La alabanza, entonces, viene como resultado de esa adoración que sentimos en nuestro corazón por nuestro Señor Jesús.
«Para ser cristiano, ¿tengo que dejar de “beber”?»; «¿Prohíbe Dios el consumo de alcohol?»; «¿dónde dice en la Biblia que “beber” es un pecado?» Estas y otras preguntas se formulan muchos en el momento de entrar a la vida del reino de los cielos. Algunos entran a la iglesia y persisten en sus hábitos, esperando que Dios, supuestamente, un día se los “quite”; otros, tristemente reaccionan como el joven rico, y se alejan del Camino, entristecidos, porque están tan apegados al alcohol que no está dispuestos a pagar el precio de la abstinencia (Mateo 19:22). Mas, a decir verdad, Dios no tiene ningún problema con el alcohol, el problema grave somos nosotros. La Biblia nos habla de mosto (vino nuevo) como una bendición divina (Génesis 27:28; Amós 9:13-15); algo que alegra a Dios y a los hombres (Jueces 9:13), así como el vino era una de las ofrendas más apreciadas de Jehová en el Antiguo Testamento (Números 18:12). Igualmente, uno de las celebraciones de la iglesia que recuerdan la segunda venida del Hijo de Dios, es la Santa Cena, y en ella el vino representa la sangre derramada por Cristo (Mateo 26:27-29). Sin embargo, ahora el mosto se secó y el vino se fermentó, por eso embota (Salmo 107:27), ensoberbece y aturde (Isaías 28:1,3), y ya no alegra ni anima, sino que amarga y destruye al hombre.
La confesión de pecado es un acto de fe y es el resultado de la aceptación y convicción profunda por alguna falta cometida contra Dios. Cuando pecamos es contra Dios que lo hacemos, pues Él es el único Santo, Él es el Justo y Él es el Bueno, aunque nuestro arrepentimiento debe reflejarse necesariamente en beneficio de aquel a quien hemos perjudicado. De hecho, cuando la confesión es sincera y auténtica lleva frutos, y se refleja en acciones que se toman para restituir la falta cometida con miras a obtener el perdón, primero de Dios y luego de aquel a quien hemos ofendido. El que comete un pecado debe confesarlo para alcanzar misericordia y paz para su alma. En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea para confesión es “yadah”, lo que se traduce como “lanzar” “echar” “tirar”, “echar abajo”. Es decir que confesar es algo que sale de nuestro interior como una bola, un lanzamiento, una flecha, algo que se voltea de manera que deja ver todo lo que antes estaba oculto, como un molde que se pone boca abajo o un vestido que se voltee al revés. Por lo que entiendo que es un acto que se realiza con fuerza de adentro hacia fuera, algo difícil, espinoso, donde no se encuentran palabras cómo empezar, cómo decir, cómo confesar.
Abortar es privar de la vida en el vientre de su madre a una criatura -en cualquier etapa que esté en su desarrollo- impidiendo así su nacimiento. Hay abortos espontáneos y otro que son deseados o provocados. Este último es el aborto inducido, el cual, abiertamente, es un asesinato, porque en la sangre está la vida (Levítico 17:11). Cada vez que se derrama sangre en la tierra, ella clama a Dios por justicia (Génesis 4:10).
El tiempo ha probado la causa por la cual el aborto inducido ha sido un tema controversial, pues sus implicaciones éticas, morales, sociales e irremediablemente psicológicas, se debaten en las diferentes sociedades, pero todavía nadie ha podido curar las cicatrices atroces que deja en sus perpetradores, este sangriento hecho. Con todo, los defensores de tal crimen aducen que la legalización del mismo aminoraría el índice de muerte de mujeres y niñas adolescentes que acuden a lugares donde las condiciones sanitarias son inadecuadas, por presión social o por ser considerado algo ilegal en sus localidades. Tristemente, éstos proveen la solución para la ejecución del hecho, sin impórtales sus secuelas.
La depresión se ha convertido en la enfermedad más común del ser humano en el presente siglo. Según el Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos (NIMH), cada año, el 9.5% de la población estadounidense (aproximadamente 18.8 millones de adultos) padece de enfermedades depresivas. La depresión afecta el cerebro, y trasciende al ánimo, la conducta y la forma de pensar. Es algo que va más allá de sentirse triste, pues afecta la autoestima y la forma de apreciar lo que nos rodea. En algunas familias la depresión severa se presenta generación tras generación, y no solo destruye la vida de la persona que la padece, sino también la de su familia.
En la mujer, por causas hormonales, se consideraban casi normales sus estados depresivos, pero ahora no solo es un trastorno menstrual u hormonal femenino, sino que afecta también al hombre, al viejo y en las últimas décadas también a los niños. La depresión en la mujer, se da casi el doble que en el hombre, sin embargo, la tasa de suicidio en el hombre es cuatro veces más alta que en la mujer. Se ha demostrado que el trabajo, el alcohol y las drogas enmascaran la depresión en el hombre más comúnmente que en la mujer. Estados frecuentes de ira e irritabilidad, o cambios repentinos de alegría a llanto, estados constantes de ansiedad, pensamientos de muerte o suicidio, así como intentos de suicidio son solo síntomas de ese estado mortuorio de desesperanza y pesimismo.
La amargura es uno de los pecados más sutiles, pero más dañino en la vida de un ser humano. Su sutileza radica en que sus motivos aparentemente son justificables cuando surgen de agresiones físicas, verbales o emocionales. Es una semilla de cuyo árbol únicamente brotan frutos amargos, y también un nido que gesta extrema maldad y dolor. La amargura no tan solo marca las personas físicamente y en su conducta, ya que endurece el rostro y se destila venero al hablar, sino que lo peor es que contagia a los demás.
En la Biblia la palabra amargura se traduce de muchas maneras: veneno, ajenjo, hiel, ponzoña, etc. Ahora, la que más llamó mi atención es la traducción cuya raíz proviene del verbo pinchar, cortar, ser áspero a tal punto que hiere (pikraino), y como adjetivo (pikros), que significa aguzado, afilado, agresivo. El salmita dijo: “Se llenó de amargura mi alma, Y en mi corazón sentía punzadas” (Salmos 73:21). Metafóricamente se usa de los celos, para ilustrar una condición de extrema maldad; es también calumnia, infamia, aborrecimiento, algo que produce frutos amargos y profundo dolor.
Adulterio y fornicación son pecados que se cometen con el cuerpo, pero son diferentes entre sí. Mientras el adulterio es cuando una persona casada tiene relación sexual con una persona que no es su cónyuge, el fornicar es cualquier acto sexual aberrante e ilícito. De hecho, tener relación sexual fuera del matrimonio es fornicar, de manera que el que adultera también fornica. Realizar cualquier acto sexual pervertido e inmoral es fornicar, aunque no se cometa adulterio, en el caso que se esté unido a alguien en matrimonio. Incluso, la raíz de la palabra “fornicar” en griego es “porneia” así como sus derivados “porneuo” y “pornos” de la cual proviene la palabra “pornografía”.
El adulterio es resultado de la infidelidad, del quebrantamiento de un pacto o juramento que se haya realizado con otra persona. La Biblia claramente nos enseña que el matrimonio es un pacto sagrado, donde un hombre y una mujer, voluntariamente se comprometen a amarse y a estar juntos para siempre, delante de Dios y de los hombres. Por lo cual, el adulterio socava esa promesa y sus consecuencias son funestas para toda la familia.
Alabar y adorar a Dios no es un compromiso, sino una necesidad de nuestro ser espiritual. Él no necesita de nuestra alabanza ni adoración, pero sí busca que le adoremos en Espíritu y verdad, pues ahí estriba nuestra razón de ser. Dios nos creó para alabanza y gloria de su nombre, y Él es digno de toda exaltación.
Con la adoración damos reverencia a nuestro Creador y eso lo expresamos en la alabanza, pero también en la oración, en el servicio, en nuestro diezmar, en todo lo que hacemos para Dios. Cuando alabamos estamos rindiendo honor a nuestro Señor, lo cual expresamos a través de cánticos, danza, o declarando su Palabra de manera antífona. La alabanza es algo espontáneo que surge de nuestro corazón al contemplar sus maravillas. Mas, es importante destacar que adoramos cuando alabamos, pero no podemos alabar si no le adoramos.
Aún en la situación más calamitosa o en la condición más patética nuestros corazones deben dar gracias a Dios por todo. No hay una cosa que logre amargarnos más y aumentar nuestro egoísmo e insatisfacción que un desagradecido corazón. En cambio, no existe una manera más eficaz de traer a nuestra vida gozo y paz que tener una actitud de gratitud y alabanza para nuestro Señor.
La gratitud es un reconocimiento a Dios por haber recibido su favor, una manera de darle gracias. Denota un corazón agradecido por la bondad divina, no tan solo por lo que ha recibido, sino también de lo que lo ha librado,porque piensa en él, porque le ayuda, porque también le escucha en el día del conflicto y le liberta, no lo desampara y le salva, lo protege y lo defiende.
El bautismo es una de las ordenanzas cristianas más significativa. Sin ser un requisito para ser salvo, tiene la relevancia de representar la fe y convicción de un creyente. Es tanta su importancia que el mismo Señor Jesús bajó a las aguas del Jordán para ser bautizado por Juan el Bautista y así dar inicio a su ministerio glorioso que consumado en la cruz, lo sentó a la diestra de la Majestad en las alturas.
Hay quienes creen que el bautismo es meramente un rito o una ceremonia, pero el verdadero significado del bautismo es profundo y espiritual. Es unirnos a Cristo, de tal manera que perdemos nuestro nombre, para adquirir el suyo y ser llamados cristianos. Por tanto, el bautismo no es un rito, es una vivencia. No es una ceremonia, es una experiencia de participación con el Hijo de Dios, de sus hechos redentores. Al ser bautizados en su muerte, nuestro viejo hombre es crucificado y sepultado con Cristo Jesús, y cuando nos levantamos es como si resucitásemos con El para vivir nuestra vida nueva también en El.
El pobre en espíritu se refiere a alguien que no es altivo ni orgulloso, sino humilde de corazón.Por tanto, ser pobre en espíritu no tiene nada que ver con pobreza espiritual ni mucho menos con falta de estima y amor propio. Es ese que sabe que no tiene nada bueno, y reconociendo que es pecador, vive quebrantando buscando la gracia de Dios.
A los pobres en espíritu, a aquellos que reconocen su pobreza espiritual es que al Señor le plació regalarle el cielo, la excelencia divina, los tesoros escondidos y los secretos muy guardados, pues solo esos tienen la sabiduría de administrarlos, porque dependen de la gracia de Dios. Por eso, siendo pobres son ricos, siendo sufridos son bienaventurados, y viviendo quebrantados son vivificados.